Por: Lorenzo Madrigal

Un antes y un después

Van cesando ya las funciones normales de la vida ciudadana y la gente entra en receso. No, por cierto, los comerciantes, los hoteleros, los periodistas, que no interrumpimos la labor. “La noche va cerrando sobre las campiñas de Belén”.

Buen momento ha sido éste para pensar un poco en lo trascendental, sin encontrar soluciones, claro está. Es un ejercicio de la vida consciente, en cuanto somos seres racionales y para no dejar de serlo. El debate académico de estos días sobre los orígenes del mundo y de la vida ha sido del mayor interés. Imposible asistir al foro javeriano; mi traslado a la capital, antes, de 45 minutos, hoy es de dos horas, gracias a la inmovilidad reinante.

Por ligeros comentarios de prensa, algunos no tan ligeros, me he enterado de algo que ya sospechaba, y esto gracias a que los dialogantes se dispararon sendos impactos, de un lado negando la seguridad del Big Bang, pese al apoyo científico, y del otro atribuyendo a fábula la historia de los primeros hombre y mujer sobre la tierra. Lo de Adán y Eva es un mito, me dicen que afirmó, categórico, el padre Remolina, dejando estupefacto al auditorio por provenir tal aserto de quien representaba la creencia, a la vez que el profesor Dawkins hablaba por la ciencia.

Entonces, pues, como rimó Calderón, nada es verdad ni es mentira. ¿De dónde venimos? No lo sabemos; ¿para dónde vamos? Tampoco y todo esto al tiempo que discurrimos por un vivir cotidiano, entre los milagros del sol, de las plantas, de los animalitos que nos acompañan, portando nuestro propio ser, entre espiritual y físico, del cual poco conocemos y por el cual consultamos a los técnicos de la mente y de la salud, que, por lo menos, saben algo más de nosotros que nosotros.

Antes, cuando no existíamos, nada nos pasó, no nos percatamos del discurrir de millones de siglos y milenios que precedieron a nuestra existencia, en la cual irrumpimos de pronto, como despierta un capullo después de la lluvia, así nacimos. Y se empezó a contar nuestro tiempo, el brevísimo que nos correspondería, el tiempo, extraña noción, no comprensible a ojos del otro concepto, el de eternidad. ¿El mundo se acaba? Y si no se acaba, ¿para qué contar el tiempo? Problema éste tan sensible como el del espacio, ¿cuál es su límite?

Genial e incomprensible, Hawking en su Historia del tiempo llega a la peculiar conclusión sobre el espacio, en el sentido de que bordes, por así decirlo, no tiene; habrá espacio donde y cuando se necesite. Estupendo, nunca faltará. Imagino que tiempo tampoco.

Atolondrado y casi divertido, me niego a pensar que tanto orden, tantas causas y tantos efectos provengan de una colisión y estallido de partículas (bosón de Higgs) y que por millones y millones de años fuera evolucionando todo por selección natural inexplicable. ¿A quién le estalló todo eso en las manos? Hum.

 

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