Por: Elisabeth Ungar Bleier

Un balance en contexto

A pocas semanas de cumplirse los dos primeros años del gobierno del presidente Juan Manuel Santos, los medios de comunicación y analistas políticos han comenzado a hacer el balance de su gestión y de los posibles escenarios que va a enfrentar en los próximos dos años.

Varios hechos enmarcan este aniversario. Entre ellos se destacan, en primer lugar, la evidente e irreversible confrontación entre el primer mandatario y el expresidente Uribe, y la consecuente polarización política del país. Con el lanzamiento del movimiento Puro Centro Democrático se oficializó la oposición del uribismo “pura sangre” al gobierno y la intención de retornar al poder en las próximas elecciones. Esto llevará a un reacomodamiento del mapa político, el cual se reflejará en el Congreso de la República. En torno a varios de los proyectos “bandera” de la actual administración, como por ejemplo la ley de tierras y víctimas o el marco para la paz, y otros tantos que comenzarán a ser discutidos en las próximas semanas, como la reforma a la justicia militar, el código minero, la reglamentación de las consultas previas o el estatuto de desarrollo rural, ya se evidencia este realinderamiento en torno a dos proyectos políticos que buscan diferenciarse cada día más.

En segundo lugar, el trámite y traumático hundimiento del proyecto de reforma a la justicia, con sus efectos en las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, y en general entre las ramas del poder público. De una luna de miel que comenzó el 7 de agosto de 2010, cuando el presidente logró aglutinar en torno suyo a la gran mayoría de los congresistas en la llamada Unidad Nacional, y que duró dos años, se pasó al enfriamiento, y con éste, a numerosas especulaciones sobre cuál sería el futuro de esta relación. Si bien en la instalación de la tercera legislatura del Congreso el pasado 20 de julio el primer mandatario envió un mensaje conciliador, seguramente la aprobación de su agenda legislativa no va a ser tan fácil.

La valoración sobre los avances en las políticas y programas que el Gobierno se comprometió a impulsar, y sobre los responsables de su diseño y ejecución, también hacen parte del balance que se ha hecho en las últimas semanas. En estos casos las miradas han recaído principalmente en los ministros.

Pero poca atención se le ha prestado al papel que en este gobierno juegan las altas consejerías presidenciales y cómo pueden incidir en sus relaciones con el Congreso. Si bien ésta no es una figura nueva y su papel ha variado dependiendo del estilo del presidente de turno, su importancia y número en el engranaje de este gobierno no puede pasar desapercibido y no debería ser ajeno a las evaluaciones que se vienen haciendo. Por ejemplo, ¿qué incidencia tienen en la gestión de los ministros y en los procesos decisorios? ¿Contribuyen o interfieren en las relaciones entre el presidente y sus ministros? ¿Y en las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso? ¿Hay duplicidad de funciones entre ellos y otros funcionarios y agencias del Estado? ¿A quién le rinden cuentas? ¿Quién le habla al oído al primer mandatario?

*Directora ejecutiva, Transparencia por Colombia.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Elisabeth Ungar Bleier

Aprendizajes electorales de México

Las ideologías siguen vivas

Insólito

¿Por qué elegir al mejor?