Por: Eduardo Barajas Sandoval

Un Banco Zen sible

Thich Nhat Hanh, un monje vietnamita de ochenta y siete años que cree en las virtudes de la ausencia de rumbo, es ahora una de las luces del Banco Mundial.

nvitado por Jim Yong Kim, presidente de la institución emblema del sistema financiero internacional, el anciano budista lideró hace unas semanas en la sede de Washington una jornada de meditación en busca de mejor conciencia; algo que muchos banqueros deberían hacer.

Es temprano para conocer los efectos que el ejercicio haya podido tener entre los participantes, que son quienes mueven una máquina diseñada para menesteres relacionados con las oportunidades, los riesgos y las trampas del dinero, lejos en apariencia de las nobles verdades que inspiran las prácticas budistas de ascetismo y moderación.

Pero una esperanza de cambio radica en el hecho de que Jim, médico y antropólogo, que ya antes de llegar a la presidencia del Banco tenía una trayectoria respetable en la promoción de la salud, ejerce su oficio de ahora con el ánimo de producir transformaciones en la institución. Se trata de modificaciones necesarias para que ese organismo se ponga con mayor compromiso y pertinencia al servicio de causas universales, dentro de las cuales la erradicación de la pobreza en el mundo vuelve a ocupar el primer lugar.

Requerido en otras épocas como solucionador de problemas, controvertido no pocas veces por su orientación, cuando no atrapado en sus propios inventos, el Banco ha desarrollado innumerables proyectos en diferentes países y ha adquirido una experiencia invaluable en el manejo de cuestiones del desarrollo, lo mismo que su pareja, la Corporación Financiera Internacional. Pero su organización ha pecado porque se acostumbró a trabajar conforme a divisiones geográficas que han funcionado en forma paralela, es decir sin cruzarse, con base en el fortalecimiento de su especialidad regional, sin el aliento de un enfoque global.

A pesar de que dentro de sus propósitos originales la lucha contra la pobreza era principio fundamental, tampoco ha trabajado con los pobres, dondequiera que estén. Como sus esfuerzos se han orientado a solucionar problemas en el ámbito geográfico de países pobres, en la medida que esa “clase social” de la comunidad internacional presenta mutaciones, el Banco se va quedando sin oficio. La nueva clase media, a la que muchos países van entrando paulatinamente, no clasifica para recibir, y en muchos casos no busca, ayuda del Banco para solucionar los problemas de pobreza que conviven con el éxito económico de sus cartas de presentación.

Tres estrategias bajo el mando del coreano Jim pueden servir para el optimismo sobre el papel del Banco hacia el futuro. La primera es la de contar con proyectos verdaderamente mundiales, de manera que existan propósitos compartidos entre expertos que hasta ahora se ocupaban exclusivamente de su región. La segunda es la de orientar actividades hacia los sectores pobres de países medios, atrapados en sociedades de tremenda desigualdad, donde a diario tienen que soportar no solo su condición de pobreza, sino la discriminación que resulta de su impotencia ante la permanente desventaja frente a los demás. Como en Colombia.

La tercera parece ser la del fortalecimiento de la dimensión espiritual del trabajo corporativo, marcada por ese monje budista que prefiere no tener tanta certeza del rumbo que toma la vida, siempre y cuando se haga el bien, y que además piensa que la civilización está amenazada por la voracidad del crecimiento económico. Algo que puede sonar como apostasía en los recintos de los banqueros, pero que seguramente les hace sentir vergüenza, un poco tardía pero bienvenida, y que les puede impulsar a actuar en beneficio de los pobres, y no solamente al ritmo de los requerimientos de la lógica fría del dinero.

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