Por: Pascual Gaviria

Un buque desde La Habana

Algo se firmará en La Habana. Parece que al fin han coincidido las necesidades de las Farc y las de un gobierno. También hay cierta simetría entre las debilidades de unos y otros. Ahora casi todo el mundo da por descontado que habrá ceremonia de intercambio de pergaminos entre Santos y Timochenko.

Así lo creen personajes tan distintos como Claudia López y Marta Lucía Ramírez, como Pacho Santos y Alfredo Molano, como Roberto Pombo y Fidel Cano. En los últimos días el escepticismo sobre la posibilidad de un acuerdo ha dado un giro hacia el escepticismo sobre el tamaño de las bondades que pueda traer un documento firmado entre gobierno y Farc. La paz prometida ha sido el tema más importante de la política electoral y de la política a secas en los últimos años; hoy en día, luego de 4 meses de negociación, corre el riesgo de convertirse en un asunto menor, una especie de simbolismo que no dejaría mejoras sustanciales en seguridad.

Las zonas donde las Farc ejercen su poder actual coinciden exactamente con los territorios donde ha sido imposible disminuir las hectáreas de coca y otros cultivos ilícitos. A estas alturas parece claro que un acuerdo con la guerrilla dejará intacto -por desobediencia, por venta de franquicias, por simple ambición mafiosa- el poder que durante años ha tenido la guerrilla en el negocio de la coca. Cambiarán algunas siglas, algunos alias y no mucho más. Desde ya se habla de la venta temprana de la “tecnología” y las rutas a los mexicanos que al parecer están aburridos con los intermediarios. De modo que es lógico que el ala más guerrera de las Farc siga en sus “vueltas” por simple inercia. Entraron al más rentable y más sórdido de los capitalismos y le dejaron los discursos y los acuerdos a sus compañeros más amigos de la cháchara.

Antiguos procesos nos han demostrado, además, que solo hacen falta unos pocos disidentes de la paz para armar un nuevo y más macabro aparato de guerra. No solo pasó con el proceso reciente de Ralito y sus herencias de bandas tan poderosas como dispersas. También el proceso del M-19 dejó grandes alumnos en el sicariato en las ciudades; y el dulce acróstico de Esperanza, Paz y Libertad elegido por el EPL entregó toda una camada de jefes paras en Urabá. Un grado justo de pesimismo sobre lo que vendrá luego de un acuerdo en La Habana es necesario para tener claro qué es posible negociar.

Y si las Farc pueden resultar siendo irrelevantes para nuestros más dramáticos indicadores de violencia pues con mayor razón lo serán en la política. No representan a nadie más allá de su círculo amplio de poder criminal: proveedores, protegidos, socios y milicianos. Quizá algunos ideólogos radicales se sumen luego del entusiasmo de los comerciales de televisión con banderas y palomas blancas. Sus propuestas tampoco significan una sola idea progresista. Casi que no significan una sola idea. Están pensadas desde el hemisferio cerebral de los políticos más avaros y desconfiados: solo quieren un terreno abonado que sirva a garantizar un poder político inexistente. Las Farc solo saben convencer con un cerco impuesto y regentado por ellos, de ahí su propuesta cerrada de reservas campesinas. El más importante de sus planes hasta el momento. El entusiasmo de Márquez y Santos no puede ser el de todos, de lo contrario vendrá de La Habana un buque cargado de…

 

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