Por: Columnista invitado

Un café sin igual

Son dos los elementos claves que hacen a un producto único y reconocido en el mundo: sus calidades intrínsecas y un sistema de respaldo para que sea confiable, deseable y de más fácil comercialización. En el caso del café colombiano, la calidad fue un esfuerzo persistente que se originó en 1932, cuando se dictaron las primeras regulaciones.

Los documentos y las discusiones de la época ilustran cómo los productores veían con preocupación que nuestro café no comandaba primas ni reconocimiento significativo por su calidad frente a otros orígenes, especialmente el brasileño.

Había preocupación porque los compradores “igualaban por lo bajo” los precios que se pagaban por éste gracias a las diferencias que variaban de una región a otra. La adopción de estándares mínimos de calidad no sólo surgió de una sentida necesidad de los productores, sino que se facilitó gracias a una oferta ambiental para producir el café arábico de más alta calidad, el café suave. La especie arábica, originaria de Etiopía, se desarrolló en las montañas del este de África, a una latitud y altitud similares a las de Colombia.

Pocos saben que gracias a la luminosidad de las zonas más cercanas a la línea ecuatorial es viable producir café a mayor altura y que es en ellas donde las temperaturas medias y sus variaciones durante el día desarrollan en la cereza del café ciertos azúcares y precursores químicos que lo hacen más demandado.

El hecho de que buena parte de la caficultura colombiana esté situada entre los 1.200 y 1.800 metros de altura, alcanzando en algunas zonas más de 2.000 metros, demuestra que Colombia tiene una oferta ambiental ideal para el café de altura y de alta montaña. Introducir la política de diferenciación como un sistema de respaldo al producto fue el segundo elemento clave.

Esta decisión implicó un cambio en la estrategia comercial y productiva. Desde ese marco se definió que la competitividad también iba a orbitar sobre la capacidad de diferenciar el origen colombiano frente al grano de otros países. De esta forma se construyó una reputación que se extiende a las distintas denominaciones de origen regionales y hoy se constituye una fortaleza que ningún otro país productor ha logrado.

Tenemos una gran responsabilidad para mantener ese Brand Equity que se ha creado con tanto esfuerzo y que es sin duda uno de los elementos de competitividad que permiten la captura de valor agregado para el sector agrícola más importante del país.

 

 

 

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