Por: Juan Carlos Botero

Un cálido resplandor

EN UN MUNDO CON TANTAS DESIgualdades, en donde muy pocos lo tienen todo y la vasta mayoría de la población no tiene nada, está creciendo una idea sencilla pero poderosa, una que puede ayudar a construir un planeta mejor y a fomentar la justicia social en las naciones, y se puede resumir en tres palabras: dar produce placer.

La idea es menos obvia de lo que parece. Se ha dicho tanto que ya es un cliché: “Es mejor dar que recibir”. Sin embargo, cuando se analiza el estado del mundo y se estudian las aberrantes diferencias que persisten, y se sabe que lo que pasa a título individual es peor a nivel internacional, en donde un puñado de países goza de la mayor parte de los recursos naturales, mientras que los demás siguen inmersos en las arenas movedizas de la miseria, la injusticia y el retraso, la conclusión es la contraria: muy pocos dan y aún menos reciben.

No obstante, un nuevo brote de altruismo parece anunciar un cambio de marea con efectos saludables, pues muchos millonarios están regalando lo que tienen, y no sólo sus bienes sino, más importante aún, su tiempo en favor de los demás. Los casos de Bill Gates o del magnate Warren Buffet son unos de los más recientes y visibles, pero hay varios más que trabajan con un perfil menos alto y están haciendo, en la medida de sus fuerzas y finanzas, tareas igual de perentorias.

Con una ventaja adicional: ahora se sabe de dónde viene el impulso de la generosidad. Nuevos estudios científicos han demostrado, a nivel neuronal, lo que sabíamos de modo intuitivo: no hay mayor placer que dar. Hace poco se realizó en Estados Unidos un experimento revelador: cuando se le regaló un dinero a un nutrido grupo de personas, con ventosas conectadas a la cabeza para medir el efecto de estímulos sensoriales, a todas se les iluminó una zona específica del cerebro. Pero cuando se le dio a esa gente la oportunidad de regalar todo o buena parte del dinero recibido, la misma zona se iluminó bastante más, y con un brillo intenso y perdurable. Es lo que los especialistas llaman “el cálido resplandor” del altruismo.

Ésa es la buena noticia. La mala es que la filantropía en América Latina sigue en pañales. En ese sentido, nuestra cultura no es comparable a otras, los países con incentivos sociales (por lo general tributarios) tan claros y eficaces que miles de instituciones (colegios, hospitales, museos y universidades) se disputan esos regalos materiales o monetarios y saben que su misma subsistencia depende de los donantes. Nuestros Estados, en cambio, ofrecen estímulos que son, en últimas, pocos, complejos e ineficaces.

Pero esas instituciones saben algo más que nosotros olvidamos: no hay que ser millonario para disfrutar del infinito placer de dar, ni hay que darlo todo. Quien se desprende de una fracción de sus bienes no sufre un efecto negativo en su estilo de vida. Pero el impacto en quien la recibe es monumental. Además, el impulso filantrópico suele surgir de manera inesperada. Es el caso del inglés Rob Mather, quien, para suerte de miles de personas, no sabía accionar el control remoto de su televisor. Un día, al tratar de apagar el aparato, por error cambió de canal y quedó helado, viendo la imagen de una niña que había sufrido quemaduras en todo el cuerpo. Ese instante le cambió la vida, y años después creó su fundación “Contra la malaria”, una de las más grandes del mundo dedicada a combatir la enfermedad. “Este trabajo es el más enriquecedor”, afirma. Pero no habla en términos económicos, sino espirituales. Y se le nota en el cálido resplandor de su sonrisa.

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