Por: Mauricio Rubio

Un celoso infame, e impune

El noviazgo de Diana y Jorge, con “celos desmedidos y maltrato psicológico y físico”, duró nueve años. Contrajeron matrimonio civil a finales de 2003.

Jorge empeoraba con el trago. En una fiesta, acusó a su esposa de esconderse en el baño con otro hombre. Armó un escándalo, le gritó, la insultó delante de todos y se fue. Diana resultó aislada de sus parientes, incluso de la hermana y el cuñado, que vivían cerca pero dejaron de visitarla: Jorge no quería recibirlos. Mostraba “actitudes intimidantes, obsesivas, celosas, machistas y dominantes frente a ella”. Le revisaba las carteras y la ropa, verificaba su forma de vestir y la acusaba constantemente “de ser prepago y no asumir su rol de esposa y madre”.

Un día, tras un ataque de celos, Jorge sacó a su hija mayor del jardín infantil para hacer una prueba de ADN que confirmara su paternidad. El resultado fue positivo, pero Diana decidió irse de la casa y presentar una demanda de divorcio. Citó a Jorge ante una Comisaría de Familia para conciliar alimentos y regular las visitas a su hija. Los cónyuges decidieron ir a terapia de pareja y reiniciar la relación marital. Ella regresó al hogar y meses después nació la segunda hija. 

Diana empezó a trabajar en la Fiscalía en un cargo que implicaba viajar fuera de la ciudad. Los celos de su esposo se agudizaron y buscó evitar a toda costa que ella se desplazara. Constantemente la incriminaba, diciéndole que “quien sabe con qué favores” lograba tantos viajes. Cuando salió una comisión a Washington, según declaró su jefe, ella “me pidió que no la considerara; me comentó muy nerviosa que prefería no indisponer a su esposo que sufría de unos celos agresivos y enfermizos… hasta el día de hoy no ha viajado al exterior… me dejó muy claro que por los celos de su esposo ella prefería ser reemplazada”.

Jorge le hacía constantes reproches por “coquetear” con sus compañeros de trabajo, con sus jefes y con “todo aquel que se cruce en su carrera o en su vida”. La acusó hasta de sostener relaciones con el fiscal general y el vicefiscal. Varias veces la siguió, acechó y acusó de flirtear con colegas. Le advertía que iba a “levantar a golpes a ese fulano con el que almorzaba”. Diana no volvió a salir al mediodía. Esa actitud “infundada e injusta” fue sistemática y llegó a manifestaciones físicas: su esposo la golpeó cuando discutieron porque ella quería asistir a una reunión social de la oficina.

Diana denunció las agresiones ante la Unidad de Armonía Familiar de la Fiscalía, donde se inició una investigación por violencia intrafamiliar. Después amplió la denuncia pues debía viajar a Cartagena por motivos de trabajo y quería llevar a sus hijas para pasar el fin de semana. Ante la propuesta, su esposo reaccionó “agresiva y posesivamente”. Dijo que ella inventaba esos viajes y usaba a las niñas para “hacer de las suyas”. Volvió a complementar su querella cuando la hija mayor no quiso ir a misa con Jorge, pues prefería estar con ella. “Él, furioso, lo que hizo fue raptarme de mis brazos a la menor… salió hacia el garaje vociferando contra mí y montó al carro a la niña. Ante la negativa a mi súplica, traté de subirme y él me empujó”. La Fiscalía solicitó entrevistas psiquiátricas a ambos cónyuges. El dictamen de Medicina Legal destacó un “funcionamiento celotípico machista que se complementa a su vez con una acomodación de la mujer que implica pasividad y dependencia”.

La justicia subestimó esta historia bien documentada de celotipia constante, predecible y violenta, tal vez creciente, por debilidad de las pruebas. Si Diana hubiese acudido a la jurisdicción penal buscando la encarcelación de su marido, tal vez se entendería tan pusilánime decisión. Pero no, ella simplemente insistía en divorciarse ante un juzgado de familia y quien calificó de improcedente su demanda fue una mujer, la jueza. Diana tuvo que poner una tutela, que fue negada en primera y segunda instancia.

Fuera de Medicina Legal, en todas estas diligencias, nadie se interesó por Jorge y sus celos enfermizos. Ni siquiera se sabe si también es mujeriego, algo que se puede sospechar: como anota Celina, que aguantó ambas taras por décadas, “el que las hace, las imagina”. Ni la erudición académica, ni la experiencia activista —consultadas por la Corte Constitucional para la revisión de la tutela— ni distintas instancias de un Estado cuya altísima prioridad es proteger a la mujer de todas las formas de violencia se apartaron de la ideología en boga: se trata de un hombre machista como cualquier otro, un engendro de la cultura patriarcal.

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