Por: Hugo Sabogal

Un clásico moderno

Desde hace varios años le sigo le pista a Marqués de Casa Concha, el vino con el que la viña Concha y Toro, de Chile, pretende conectarse con los consumidores contemporáneos, sin dejar de lado su esencia clásica.

En principio, parece un juego de alto riesgo, porque, en la superficie, dicho concepto sugiere ideas opuestas, o sea, pasado y futuro en un mismo cuerpo. Pero según sus creadores y actuales responsables, cuarenta años de trayectoria son suficientes para demostrar que, más que contrarios, son complementos, y ya veremos por qué.

De entrada, vale recordar cómo nació y evolucionó la vitivinicultura chilena. Inicialmente, ricos hacendados y mineros incursionaron en la viticultura como camino para dar prestigio a sus actividades agrícolas más banales. Muchos de estos apellidos aún resuenan: Errázuriz, Cousiño, Valdivieso, Ochagavía Undurraga y, sin duda, Concha y Toro.

Muy distinto fue el caso de Argentina, donde el sector se revitalizó gracias al trabajo de decenas de campesinos emigrados de Europa durante el siglo XIX, en su mayoría italianos y españoles.

La historia cuenta que José de Santiago Concha y Salvatierra fue ungido en 1718 con el título de marqués de Casa Concha por el rey Felipe V de España, como reconocimiento a su trabajo como gobernador de Chile y caballero de Calatrava.

Sin embargo, el responsable de iniciar la tradición vitivinícola fue don Melchor de Santiago Concha y Toro, heredero del título de séptimo marqués de Casa Concha, quien fundó la viña que aún lleva su apellido.

En su honor, descendientes y posteriores administradores crearon el prestigioso vino Don Melchor, que durante décadas ha fungido como uno de los principales bastiones de la vitivinicultura chilena.

En 1976, sin embargo, la bodega decidió crear una segunda etiqueta de prestigio y así nació la marca Marqués de Casa Concha, en honor al referido título nobiliario.

Cuando se habla de vinos valorados, nadie pone en duda el uso de un componente obligado: la variedad Cabernet Sauvignon, reina indiscutible entre las tintas. Justamente, así sucedió con el primer Marqués de Casa Concha, que salió a la luz con las existencias de un Cabernet Sauvignon de la cosecha de 1972, cuyas uvas procedían del codiciado viñedo de Puente Alto, al sur de Santiago.

Marqués de Casa Concha, sin embargo, no iría a ser un vino único, sino el núcleo de una selección de otras variedades clásicas. Así nació, en 1989, Marqués de Casa Concha Chardonnay, confeccionado con uvas del viñedo Santa Isabel, en Pirque. Y un año más tarde salió un Merlot, del viñedo de Peumo.

En 2005 se agregó un Syrah, del viñedo Rucahue, y en 2008, un Carménère, también de Peumo. Seis años más tarde, en 2011, los guardianes de la marca buscaron terruños para el Chardonnay en el Valle de Limarí, 400 kilómetros al norte de Santiago, donde también apareció un afamado Pinot Noir. Limarí es un territorio capaz de ofrecer vinos con un marcado acento mineral, tan codiciado hoy por los consumidores.

Posteriormente, en el valle de San Antonio, al oeste de Santiago y no lejos del Pacífico, surgió, en 2012, un vibrante Sauvignon Blanc, muy destacado entre sus pares.

Pero el salto más audaz fue la aparición, en 2014, de un tinto elaborado con las uvas País y Cinsault, dos variedades ancestrales chilenas, cultivadas durante décadas por modestos campesinos.

Con este giro, Marqués de Casa Concha decidió, en pleno siglo XXI, enaltecer variedades ancestrales olvidadas, con lo que volvió a certificar su vocación de seguir adelante, sin perder las raíces.

 

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