Un concurso fuera de concurso

Noticias destacadas de Opinión

Todo comenzó en Medellín hace 12 años, cuando se realizó la primera versión de aquello que en un principio se denominó “Premio Nacional de Gastronomía” pero que a partir del año 2012 cambió aquella denominación, por el acertado nombre de “Premio Nacional a las Cocinas Tradicionales de Colombia”. Se trata entonces de la implementación de una política del Ministerio de Cultura para el conocimiento, la salvaguardia y el fomento de la alimentación y las cocinas tradicionales en nuestro país, la cual en aras de recuperar la cultura culinaria de las diferentes regiones, busca rescatar y divulgar la historia de colonización, migración y mestizaje que nos lleva a entender nuestro fogón como protagonista de un proceso histórico el cual durante cinco siglos le ha puesto sal y pimienta a esa receta que hoy llamamos: Nación.

Aclaro: en este concurso los restaurantes de moda en redes y los chefs de tatuajes y pañoleta, nada tienen que hacer, pero si tienen mucho que aprender; me explico: este premio exalta el conocimiento de cocineros y cocineras populares, quienes a través de su largo trajinar, han sabido proteger los secretos prácticos alrededor de sus recetarios ancestrales y más aun de sus propias biodiversidades alimentarias, absolutamente desconocidas en las grandes ciudades del país. Con base a lo anterior, hasta el 2017 se han realizado 10 versiones de este premio, cuyos resultados nos permiten asegurar la existencia de una cocina colombiana cuya riqueza es de orden estrictamente cultural, es decir, no se mide por cifras de resultados comerciales y mucho menos por las tendencias alcanzadas en redes.

El 16 de agosto se dio a conocer el ganador del premio para 2018. El número de participantes superó los 120 grupos de investigación; el Ministerio seleccionó 14 semifinalistas y el jurado escogió tres finalistas. El ganador fue la propuesta presentada por un grupo del pueblo indígena (Tubú Hummurí Massa) de la región amazónica colombiana y más exactamente del Vaupés; su receta llamada Ñugkapiari fue una oda al sabor de la yuca dulce: se trata de una sopa de mojarra negra, en caldo de yuca con ajíes ahumados y hormigas tostadas; se sirve con casabe y chicha de ñame morado y se acompaña con una refrescante bebida de lulo silvestre. Aclaremos: el grupo que presentó esta propuesta, vive desde hace 15 años en un barrio marginal de Bogotá en condición de desplazados; Ellos aseguran que gracias a su cocina de crianza, han logrado mantener incólume su unión familiar, reconociendo que por su fogón pasa toda la cosmogonía de su cultura. El jurado de calificación consideró que su alimentación cotidiana se ha mantenido vigente porque su mundo culinario es una autentica “cocina de resistencia”. El casabe de yuca brava se considera la receta más antigua de todas las cocinas indígenas americanas, su origen es amazónico. Este concurso es un acierto de política cultural y merece una mayor divulgación entre la nueva generación de cocineros profesionales.

Comparte en redes: