Por: María Teresa Ronderos

Un consejo para Fajardo (si quiere de veras ser presidente)

“En la campaña hicimos de la construcción real de la paz un eje de la propuesta. Para 2022 veremos qué toca heredar”, dijo Sergio Fajardo esta semana. Y cuando la periodista insistió, el precandidato dijo que sí le apostaría al Acuerdo de Paz, pero advirtió: “No sé qué vamos a encontrar dentro de tres años”. Es una respuesta inaudita para un buen líder político, cuyo Compromiso Ciudadano está presentando, en alianzas, 200 candidatos a las elecciones de octubre. Más insólita resulta, aterrizada a la realidad.

Por ejemplo, en Salaminita, un pueblo de Pivijay, Magdalena, 57 familias vivían de sus tierras que, en un momento lúcido, el Estado les había titulado. En junio de 1999, paramilitares entraron al pueblo, mataron a tres personas, arrasaron las casas con buldózer y se llevaron hasta la Virgen, patrona de sus fiestas. Pronto llegaron los avivatos a comprar por dos pesos los terrenos de los desplazados.

Luego de la desmovilización paramilitar, las familias dieron una batalla legal por la restitución. La ganaron. La Corte Suprema falló a su favor en 2015; el Tribunal de Restitución de Antioquia, en 2016, y el de Cartagena, en 2018. Los magistrados ordenaron que les devolvieran lo suyo, les reconstruyeran el pueblo con servicios y les ayudaran a volver a empezar. El gobierno Santos se sacó fotos con las familias, anunciando la pronta restitución, pero poco cumplió.

Viven en ranchos humildes donde hubo pueblo y toman agua de un jagüey contaminado. El año pasado, el SENA, acatando la orden judicial, les enseñó a montar un negocio de gallinas ponederas, pero la policía decomisó la madera que trajeron para construir los corrales. Hasta hicieron canto de su lucha. Luis Camargo y su esposa, Donatila, estaban en sus cuarentas cuando los despojaron violentamente; ahora están en sus sesentas. Se les fue la vida esperando justicia. Es bastante lo que podrían hacer líderes comprometidos hoy por ellos, aun si el Gobierno va a media marcha con la paz.

Como a los pivijayeros, a los habitantes del Cañón de las Hermosas, en Tolima, también les tocó ser trompo de poner de los violentos. Cuando el Gobierno buscaba al jefe de las Farc Alfonso Cano por allá, la guerrilla los tenía bajo su férula y minaba caminos. El Ejército puso presos a líderes, decomisó alimentos y los niños crecieron con terror a los helicópteros que les escupían encima ráfagas de metralleta.

Luego del Acuerdo de Paz ya nadie los persigue. Siembran café y las comunidades pijao enseñan a sus hijos a ser orgullosos de su identidad. Hoy, sin embargo, cuentan los líderes, se han secado muchas fuentes de agua y solo tienen luz unas horas al día. Una ironía, cuando la hidroeléctrica en pleno Cañón, inaugurada en 2013, genera 80 megavatios de la caída de los ríos Davis y Amoyá. Responsabilizan a Isagén (en manos de Brookfield Asset Management Inc., con 218 estaciones de generación de energía en el mundo e ingresos en Colombia de US$1.594 millones en 2018) de la pérdida de sus quebradas. Un liderazgo enérgico podría conseguir que empresa y Gobierno les garanticen agua y luz para hacer su paz sustentable.

Los habitantes de Salaminita y del Cañón de las Hermosas, que siguen creyendo en la ley a pesar de todo, necesitan un líder que los represente hoy mismo, cuando hay una oportunidad de paz.

Si Fajardo quiere de veras ser presidente en 2022, tiene chance. No tiene sus manos untadas de mermelada ni de sangre. Y eso ya es excepcional en Colombia. Pero tiene que hacer mucho más por la paz que solo esperar “a ver qué le dejan”.

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