Por: José Fernando Isaza

¿Un crimen?

Invocar principios religiosos en contra de la sentencia de la Corte Constitucional que despenaliza el aborto en tres circunstancias, precisa hacer algunas consideraciones.

A lo largo de la historia no ha sido doctrina inmodificable de la Iglesia asimilar cualquier interrupción del embarazo a un crimen. El cardenal Martini no avaló esta posición extrema. Aunque Santo Tomás de Aquino, el doctor angélico, rechazaba cualquier método anticonceptivo, no daba al aborto la connotación de asesinato, excepto cuando se trataba de un “feto animado”. Es decir, tuviera capacidad de albergar el alma. Sin embargo, no precisa a los cuántos días de la concepción el alma se unía al feto. Algunos padres de la Iglesia sostuvieron que en el embrión masculino sucede a los 40 días, mientras que en el femenino es a los 90.

San Agustín, por su parte, considera que el alma no puede vivir en un cuerpo que aún no está formado; de modo que si el aborto es anterior no se concibe como asesinato. “El semen va tomando forma poco a poco en el útero materno y su destrucción no puede considerarse como asesinato hasta que cada uno de sus elementos adquiera forma exterior”, sostuvo San Jerónimo.

El papa Inocencio III consideró que el aborto es homicidio cuando se produce después de los 90 días de la concepción. Coincide con Santo Tomás en que se constituye como tal cuando se trata de un embrión formado. Según la Iglesia, una persona es alma y cuerpo; por tanto, un embrión sin capacidad de recibir el alma no sería persona.

Para San Agustín, el pecado original se transmite por el placer inherente a la relación sexual. Santo Tomás va más allá al afirmar que, aun si no hay deleite, también se hereda: “Si por la virtud de Dios se concede a alguien la gracia de no sentir placer desordenado... incluso en ese caso se transmitiría el pecado original al hijo”.

Con el tiempo, la Iglesia modifica la doctrina sobre el momento en que el alma se une al embrión, dando a la Virgen María el carácter de persona en el instante de su concepción, preservándola así del pecado original. Desde entonces se proclama que la unión de cuerpo y el alma se surte en el mismo momento de la concepción. En este contexto, sin importar las semanas de gestación, el aborto es un homicidio.

En 1854, Pío IX proclama el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Así, la madre de Jesús es la única, entre hombres y mujeres, con tal privilegio.

En la Edad Media, teólogos como Bernardo de Claroval se opusieron al concepto de la Inmaculada Concepción porque suponía admitir otra concepción virginal además de la de Jesús.

En 1950, Pío XII elevó aún más la jerarquía de la Virgen, proclamando el dogma de la Asunción y preservando a María de la muerte.

Por supuesto, el aborto puede ser la forma más inadecuada de control natal, pero asimilarlo a un asesinato no encuentra total respaldo en una doctrina permanente de la Iglesia.

Aceptar el principio de inviolabilidad de la vida supone referirse a la vida humana, no a una expectativa, ni necesariamente a otras formas de vida.

José Fernando Isaza. /Citas tomadas de Uta Ranken, Eunucos por el Reino de los Cielos.

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