Por: María Elvira Bonilla

Un cubano llamado Leonardo Padura

Difícil un escritor más completo o que el cubano que acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias, ahora rebautizado Princesa. Una literatura a lo grande, que construye desde el micromundo donde transcurre lo cotidiano, el barrio habanero de Mantilla, y consigue la universalidad.

En Mantilla ha permanecido sus 60 años de vida, en la misma casa paterna, en un segundo piso austero, con los mismos vecinos, las mismas reuniones de esquina, el mismo paisaje urbano y el mismo amor: Lucía.

Hijo de padre masón y madre católica, pasaron con la Revolución del estatus de burguesía media con un pequeño negocio a tener, como todos en la isla entonces, una condición de proletarios con los mínimos esenciales. De allí salió Leonardo Padura, arraigado y crítico, cubano hasta la médula, sin intención de dejar de vivir en su pequeño entorno de coterráneos comunes y corrientes, donde observa y escribe en soledad. Ha visto nacer y morir la esperanza del proyecto socialista, la asfixiante presencia rusa, los aciagos años 90, la aletargada recuperación que nunca llegó atrofiada por el autoritarismo y la concentración de poder que Padura logra revelar con la sutileza de unos recursos literarios llevados al límite de la perfección.

Construye personajes potentes, y algunos tan especiales como el detective Mario Conde, atrapado en los conflictos existenciales de su tiempo, a través del cual Padura es capaz de enjuiciar el papel que le tocó vivir a su generación, la de los años 70, que “nunca tuvo la posibilidad de decidir libremente cuál iba a ser su destino sino que fue utilizada sucesivamente por distintas instancias de poder para hacer lo que ellos consideraban era lo mejor para el país y lo mejor para nosotros sin preguntarle nunca ni al país ni a nosotros si realmente esto nos parecía lo mejor”, confiesa Padura. Pero sin quedarse ahí. Aborda a través de ellos la condición humana en su complejidad; con sus debilidades, en sus entrañas retorcidas de astucia, oportunismo, arribismo, ventajismo y traición, comunes en cualquier cultura y sin distinción de régimen político. Y lo logra en sus magistrales y entretenidas novelas policíacas que escribe con la estructura versátil del género a la mejor manera de Dashiel Hammett y Vásquez Montalván, pero también, y de qué manera, en sus dos catedrales literarias: Los herejes y El hombre que amaba los perros. Esta última su novela insigne, que le dio el reconocimiento internacional apuntalado por la editorial Tusquets, una de las pocas sobrevivientes independientes que buscó a Padura hace 17 años sumergido en su querida Mantilla.

Difícil hallar un escritor contemporáneo con más sentido de pertenencia, más raizal que Leonardo Padura, con una capacidad fina y minuciosa, alimentada por el periodismo que ejerció en sus inicios, para entender su tiempo, su lugar en el mundo. “La Habana es una ciudad que me habla, que se comunica conmigo; una ciudad ecléctica y mestiza, en la que conozco cómo viven las personas, cuáles son sus aspiraciones y frustraciones, sus deseos”. Conoce a fondo su cultura, el béisbol, la música, todo aquello que ha hecho que Cuba sea ese país desproporcionado con una proyección universal muy superior a sus dimensiones geográficas, y Padura es el mejor ejemplo de ello.

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