Por: Enrique Aparicio

Un cuento medieval: el soldado

Fue peinando poco a poco su pelo azabache mientras los ojos marrones miraban el pequeño espejo.

Una blusa blanca que le llegaba en el escote casi hasta los pezones, los que se veían rosados y grandes cuando se inclinaba; con mangas hasta los codos y una falda de colorines, eran el atuendo de hoy 14 de agosto de 1442, en una tarde calurosa y tranquila en Aix-en-Provence – capital de la Provenza.

Como todos los días, hacia las 7 de la noche esta mujer de unos 20 años partía para el centro de la ciudad que en ese entonces contaba con unas 7 mil personas, en busca de conquistas o que la conquistaran. Era su estilo de vida. Sus favores a hijos de nobles y a mercaderes ricos, los pagaban bien. Algunas veces era llevada a las grandes casas o palacios, otras veces sobre la simple hierba fresca.

Se dirigió al mesón de siempre. Bullicioso. Lleno de gente de todo tipo, juglares, borrachos, familias con hijos, asaltantes, además de perros y marranos todos se reunían en esta gran casona. El verdadero pueblo.

Era la época del gran rey René. Un monarca instruido y preocupado por sus dominios. Segundo hijo de Luis II y Yolanda de Aragón, René se convirtió en conde de Anjou y de Provenza. A la muerte de su hermano mayor, Luis III, heredó el reino de Sicilia y Nápoles. Sabía hablar latín, griego, hebreo, catalán. Componía música, era versado en matemáticas, astrología y geología. Durante esta etapa, Provenza respiró un momento de bienestar en el desarrollo de las artes y del comercio entre los pueblos y ciudades.

La mujer joven pidió al mesonero que conocía, lo de siempre: una hogaza de pan de trigo pedazos de jamón ahumado y una jarra con vino tinto. Era su comida usual mientras se encontraba con alguien.

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Hacía diez días que cabalgaba. Era un soldado de unos 25 años de edad al servicio de algún señor feudal de Cataluña. La guerra había terminado y decidió buscar a un tío que vivía en la Provenza, quien le había prometido nombrarlo heredero de una vasta región en esta parte del mundo. Sucio, maloliente y sin mayor energía, nuestro joven soldado llegó a Aix-en-Provence sin tener la menor idea a donde dirigirse.

El ruido de la gran casona lo atrajo. El portón descomunal donde salía y entraba gente, despedía una luz interior de candelabros colgantes. Dio algunos pasos con ojos de buscar algún conocido. Pero nada. Siguió caminando por entre este tumulto humano y animal. Pero no veía un sólo sitio donde poder sentarse. Al frente, de pronto, la vio. Estaba sola. Era la mujer joven. Por instinto o por atracción, pues hacía mucho tiempo, pero mucho tiempo que no tenía una mujer en sus brazos, se acercó y con una voz algo quebrada le dijo:

-¿Me puedo sentar con usted? Llevo muchos días sin poder descansar y tomarme un vaso de vino. Perdóneme, ¿cuál es su nombre?

-Siéntese si quiere, pero le advierto que el caballo que lo trajo debe oler mucho mejor que usted. En cuanto a mi nombre, eso no le importa. ¿Quizás esté interesado en decirme el suyo?

-En dicho caso quedémonos sin nombre – respondió el soldado.

Sin embargo se sintió agradecido. Demasiado agradecido. Cuando el cansancio vence, los complejos de culpa y las necesidades primarias se confunden, especialmente en un mundo donde la leyenda iba primero y la acción después. Es el momento en que el ser humano se atreve a todo y se atreve a nada. Por eso este joven se sorprendió por las palabras que le salían de la boca y no podía impedir expresarlas. Comenzó:

- Usted es la mujer más linda que me he encontrado. Permítame pasar la noche en su compañía. Le pagaré 3 monedas de oro.

Había algo natural en todo esto. Fuera de que el ser era un asco en términos de limpieza, no estaba mal. Unas espaldas fuertes, un buen cuerpo, unos hombros, piernas y manos que se notaban musculosos. Tenía una boca que sabría acariciar lo que tocara.

-Está hecho una miseria. Por 4 monedas podemos llegar a algún arreglo.

-Está bien pero debemos encontrar un sitio donde dormir.

La joven mujer sin dudarlo ya había tomado una decisión. Lo llevaría a su pequeña vivienda donde nunca ninguna conquista había puesto un pie, pero por alguna razón este joven soldado en forma natural la había llevado a tomar esta determinación. Además, por 4 monedas de oro y con la seguridad que el cansancio terminaría por vencer a nuestro soldado, concluyó lo bueno que sería el negocio.

- Yo sé de un sitio pequeño donde podrá pasar la noche.

Una vez pagado el mesonero emprendieron el camino por la vía Mirabeau que está en el centro de la ciudad, hasta llegar a un altillo, apéndice de una gran casona. Eran las 9 de la noche, todavía había una tenue luz del sol de verano.

Por unas gradas de piedra subieron hasta toparse con una puerta que tenía un candado en lugar de chapa. La joven mujer sacó una llave que guardaba en el bolsillo de la falda, al lado derecho.

Nuestros restos de soldado tuvieron que ser ayudados al final, poniendo su brazo en los hombros de la dueña de la casa quien afortunadamente tenía la energía de las mujeres provenzales.

En la pequeña vivienda de dos cuartos, había en uno de ellos una cama bien tendida, con una mesita y un pequeño candelabro colgado del techo y una ventana que daba a un jardín. En el otro cuarto, la cocina: una chimenea, una mesa con 4 sillas y una mecedora. Cerca de la cocina todos los utensilios necesarios para comer y preparar comida. Al final del cuarto aparecía una puerta que daba al jardín donde había un arroyo con agua limpia proveniente de la montaña.

- Bueno, deje la espada aquí a la entrada, nadie nos va a atacar, y salga por esa puerta que va al jardín y espere frente al arroyo – dijo la mujer.

El joven, a regañadientes, se despojó de lo poco que lo podía defender. Sin preguntar hizo lo que le indicaron. Cansado y en forma tranquila se sentó a ver correr el agua cristalina. Al poco rato llegó la mujer.

-Lo voy a desvestir. Tendrá que meterse en el agua.

Tímido, sorprendido, pero dócilmente dejó que le quitaran las botas, que abrieran los cordones que amarraban los pantalones y la camisa hasta quedar en una ropa interior que hábilmente la mujer le quitó hasta dejarlo totalmente desnudo.

-Métase en el agua y espéreme – le dijo con voz firme.

A los pocos minutos regreso, desnuda, con una vasija donde había un líquido y un pedazo de tela de lino.- El líquido con olor a verbena, una flor que huele a tomillo y limón combinados. Así, diligentemente, comenzó a frotar las espaldas y el cuerpo del hombre dentro de la corriente de agua cálida. De pronto en un lenguaje mudo comenzaron a contarse muchas cosas. Una vez terminado el baño la mujer le pidió que se acostara en la hierba fresca a la orilla de la quebrada y con habilidad comenzó a esparcir por todo su cuerpo aceite de lavanda; después, en un vaso de cerámica con agua de sal marina, le indicó que se enjuagara la boca y con los dedos llenos de la misma sal, le indicó que se limpiara los dientes blancos.

Ambos caminaron en silencio. No sabían qué iba a pasar: Ni qué presente tendrían que afrontar y menos qué futuro. Con cierto escepticismo la mujer lo invitó a dormir en el pequeño cuarto. Escepticismo en el sentido que la idea que nuestro soldado caería dormido y las 4 monedas de oro serían una ganancia fácil se fue alejando, pues en la medida que la cercanía era mayor, esta joven se sentía más excitada. Quería ser conquistada, consentida, querida, protegida, besada, abrazada, penetrada por este joven soldado que venía de yo no sé dónde.

La cama sencilla con un colchón de paja y con una sábana de lino limpia, eran el final del camino. Ambos desnudos se fueron acostando. Sin querer forzar nada, como enredaderas diferentes que fortuitamente se encuentran en la superficie donde crecen, comenzaron a entrelazarse entre ellas: piernas, senos, manos, dedos, bocas, todo se entretejió.

En medio del sonido del agua del arroyo y el ruido de grillos solitarios se oyó en susurro, la voz de la mujer:

-Por favor, dime cómo te llamas.

-Algún día lo sabrás – dijo el soldado.

-Y tú ¿cómo te llamas? – preguntó a su vez el joven.

-Me llamo María de las estrellas y vine al mundo para amarte.

Cerrando los ojos, se oyó al soldado de muchas batallas murmurar:

- Te he conocido a través de los tiempos. Este momento no es extraño para mí, no es sino una pausa entre tiempo y espacio mientras te vuelvo a encontrar.

Que tenga un domingo amable. Youtube sobre algo de Provenza.


Enrique Aparicio Smith – Abril 2015  

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