Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Un cura de la Noviolencia

La denominada Década Prodigiosa, que para algunos no lo fue tanto, marcó en Medellín varias situaciones cumbre. Una, que la ciudad era para entonces, y por casi todos los 60, una especie de meridiano por donde pasaba toda la cultura continental, según palabras del músico, director de orquesta y pianista argentino-hebreo Daniel Baremboin. Otra, que la aldea industrializada, en otro tiempo con aciertos en planeación, se fue poblando de sobrevivientes de la todavía desbocada violencia liberal-conservadora.

Los pobres llegados de los campos tugurizaron en primera instancia las orillas del río Medellín, la zona de la Alpujarra y el basurero municipal. Subieron hacia las laderas nororientales, fundaron barrios como Moscú, Lenin, Fidel Castro, Villa del Socorro, el Popular y en el 64 uno muy particular y alto: Santo Domingo Savio. Este, según los imaginarios populares, fue el producto de un sueño de doña Domitila, que, con su familia, había huido de la violencia de Caicedo, Antioquia. Ella lo bautizó y avizoró el lugar de la iglesia.

Los sesenta, entre sus multiplicidades y revoluciones, unas en modas y otras en los campos sociales, filosóficos, políticos, en fin, también trajeron en sus alas de músicas y juventudes rebeldes, debates en torno al rol de la Iglesia, siempre al lado de los poderosos. Medellín, tan goda y parroquial, fue epicentro en el 68, el año de los alzamientos mundiales de los estudiantes, de la Conferencia Episcopal Latinoamericana. Ya había muerto en combate Camilo Torres y se gestaba el grupo Golconda, iluminado por las antorchas de la Teología de la Liberación.

En el 68, también hubo otros acontecimientos de alto calibre en la villa de las chimeneas: uno, la Primera Bienal de Arte auspiciada por la principal fábrica textilera que había puesto en las colinas de oriente unas letras estilo Hollywood; otro, el derrumbe del emblemático Teatro Junín para erigir allí un rascacielos esnobista también de la empresa que se apodaba “el primer nombre en textiles”. Y, para seguir con hilados, el asesinato de una bella muchacha de Manrique, Ana Agudelo, en el sonado crimen del edificio Fabricato o el caso Posadita.

Un grupo de los clérigos reunidos en Medellín asumieron de entrada la defensa de los pobres y denunciaron el maridaje Iglesia-Estado. Ya varios de los participantes, como el padre Vicente Mejía, habían dirigido la construcción popular del barrio Moravia, antiguo basurero. Y entre los que surgirían como fogoneros de las luchas por la dignidad de los marginados, estaba el padre Gabriel Díaz, recién fallecido a los 86 años. El sacerdote lideró a los habitantes de Santo Domingo Savio en la búsqueda de justicia social y bienestar.

La reunión del Celam fue cubierta, entre tantos reporteros, por Tomás Eloy Martínez, que luego se convertiría en un escritor célebre con obras como La novela de Perón y Santa Evita. Y presenció la fundación de un singular movimiento por el padre Díaz: el de la Noviolencia, con obispos, sacerdotes y laicos procedentes de todo el mundo, reunidos en Santo Domingo Savio. “El padre Gabriel Díaz Duque ascendió por la región de Manrique Oriental y se instaló en un campo miserable, donde cuatro mil personas se hacinaban en medio centenar de chozas. Cuando se paseó con su hábito talar, brotaron de entre las cuevas de caña tribus enteras de viejas y criaturas que reclamaban sus medallas y sus bendiciones”, escribió el argentino.

En el libro La revolución de las sotanas, del periodista Javier Darío Restrepo, también muerto por estos días, hay un capítulo dedicado al padre Gabriel, un portaestandarte de la defensa de los derechos de los olvidados. En sus páginas se recuerda cómo la gente de Santo Domingo desfilaba por la avenida La Playa “con velas encendidas en las manos, en una manifestación pacífica para protestar porque el centro de Medellín se inundaba de luces de diciembre mientras el barrio permanecía sin servicio de energía”.

El padre Gabriel, que paseó por distintas barriadas su prédica y su práctica en búsqueda de una transformación social, era escritor, un promovedor de la utopía y de la resistencia civil contra la injusticia. En su libro Aprendizajes, una autobiografía, se pueden leer aspectos de su formación como sacerdote comprometido con los desamparados. Siempre estuvo al frente de las batallas contra la pobreza.

Una vez, en un bus, dos atracadores lo despojaron de cinco mil pesos y un reloj de cuatro mil. “¿Por qué no tiene más?”, le pregunto uno de los cacos. “La inflación, hermano”, dijo el asaltado. Cuando los ladrones supieron que era cura, le devolvieron sus pertenencias. El padre Gabriel dejó huellas. Y si su filosofía de la Noviolencia no pudo triunfar en una ciudad que llegó a ser, en 1991, la más peligrosa del mundo, queda para la historia un ejemplar ejercicio de dignidad y valentía.

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