¿Cómo responder a los retos en materia de medio ambiente y desarrollo sostenible?

hace 50 mins
Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Un desafío

ENCUESTAS RECIENTES REGIStran una abrumadora ventaja a favor del presidente Uribe en caso de que se presente a una segunda reelección. Sí, en parte es el efecto ‘Operación Jaque’.

Pero más allá, sorprende no solamente la magnitud de la diferencia entre Uribe y sus más inmediatos seguidores, sino la casi inverosímil estabilidad de las preferencias a favor del Primer Mandatario. Hace rato tengo amenazados a varios amigos a invitarlos a unos tragos si el Presidente cae por debajo del 60% en cualquier tipo de evaluación, pero el destino me ha ahorrado el gastico.

Creo que uno de los desafíos más interesantes para aquellos que quieran entender la Colombia contemporánea es explicar tal fenómeno. Ciertamente, para dos clases de personas el desafío no existe.  Para un sector, todo esto no es más que el producto de una gigantesca manipulación. Uribe no representa nada nuevo, dicen, no es más que la continuidad del régimen oligárquico. Las encuestas están sesgadas, el Gobierno deforma las cosas, la información suministrada por la televisión es fatal.

Ciertamente, este último punto merece una consideración muy cuidadosa, a la que espero poder volver. Pero la aserción de que Uribe no representa nada nuevo es patética por lo ingenua. Tanto en términos de régimen como de prácticas políticas Uribe ha resultado ser un notable innovador. ¿Acaso la reelección continuada, los consejos comunitarios, la conformación de gabinetes estables casi sin cuotas partidistas, la incorporación más o menos explícita de nuevas redes regionales emergentes, para nombrar sólo algunos de los factores ahora prominentes de nuestra vida pública, han estado siempre allí? Una cierta oposición que no quiere ni ver ni pensar se resigna a activar el control del televisor cada vez que aparece en la pantalla un consejo comunitario. Hace mal; convendría verlo. En política, como en otros dominios de la vida, la consigna de “ojos que no ven…” puede ser contraproducente.

Para otro sector, la popularidad de Uribe tampoco constituye ningún rompecabezas: ha sido un excelente presidente, el mejor de todos los tiempos. En realidad, Uribe sí ha hecho cosas muy sencillas que otros omitieron, como aumentar consistentemente la inversión en defensa y seguridad en un país atribulado por años de guerra. Curiosamente, el único presidente al que se le ocurrió negar su existencia fue quien proveyó los recursos para enfrentarla. Y es un líder extraordinariamente hábil, que conoce al país como la palma de su mano.

Pero, a la hora de hacer el balance, las cuentas no cuadran. Otros presidentes tuvieron mucho mejor desempeño en términos de crecimiento económico y de programa de desarrollo, impulsaron procesos de construcción del Estado de mucho más largo aliento, tuvieron un talante más democrático —y ciertamente es difícil encontrar a cualquiera que aceptara en su entorno gente tan equívoca (en la versión optimista)—. El país no comenzó a construirse hace 6 años. Y en este último período han surgido procesos que en algún tiempo pueden ser terriblemente costosos para el país y para sectores específicos —y no me estoy refiriendo solamente a la oposición y a los sectores más vulnerables. Sectores enteros del Estado están articulados a actores criminales, nuestra política exportadora está al garete, etc.—, para no hablar de la brutal combinación de arrogancia e ineficiencia que caracteriza muchas de las medidas de este Gobierno (como en el caso de las recientes erráticas medidas del Ministerio de Protección Social, que parecen pensadas explícitamente para des-proteger a los trabajadores independientes).

Así pues, nos enfrentamos a un genuino desafío. ¿Qué explica la aplastante popularidad de Uribe? En lugar de ponerse a gritar, toca seguir tratando de entender.

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