Por: Jorge Eduardo Espinosa

Un diálogo con Alejandro Gaviria

Martín Caparros, el gran cronista argentino, escribía después del atroz atentado en Las Ramblas, Barcelona, que uno de los grandes triunfos del terrorismo es hacernos creer, a casi todos, que el mundo es un lugar terriblemente peligroso. Lo contrastaba con una cifra: en los últimos tres años hubo en Europa 360 muertos por ataques terroristas. Si en Europa viven cerca de 600 millones, cada año murieron por esa causa 120 personas. Una cada cinco millones. -¿Cuál es la probabilidad de ganarse la lotería?- Y, sin embargo, en los corredores de las oficinas y los comedores de las casas el comentario recurrente es que París, Barcelona y Bruselas, antes tan paradisíacos y tranquilos, se convirtieron de pronto en pequeñas muestras del infierno en la tierra. “Mejor no ir por allá”, concluye algún preocupado.

La crítica de Caparrós va más allá. Apunta a la atención hiperbólica, exagerada, que Estados y medios de comunicación dedican a estos eventos. Y se pregunta lo que nos preguntamos muchos que trabajamos haciendo (o tratando de hacer) periodismo, ¿cuál es el punto justo de la reacción, cómo informar sobre estas cosas, cómo hablar de esto? Finalmente, la tesis de Caparrós es que, si alguien encontrara el justo medio, los actos de terror tendrían menos efecto y volverían a ser lo que son: “hechos aislados, gestos desesperados y patéticos”.

Estoy de acuerdo.

He tratado entonces de meditar sobre esta cuestión fundamental del periodismo: en qué tono debemos contar el horror, con cuánta intensidad y por cuánto tiempo, cuáles son las palabras que mejor describen lo que ocurre, cuáles debemos usar para evitar la mediocre generalización absoluta del tipo “ha llegado el apocalipsis y está acá para quedarse”. Los matices, me repito. Hay, por supuesto, preguntas adicionales, por ejemplo, ¿por qué nos importan menos los 200 muertos por un atentado en Nigeria que los 13 de Barcelona…?

Sigo buscando respuestas. Y también preguntas. Esta semana, el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, publicó en su blog  (recomendado, por cierto) una entrada excepcional sobre las noticias. O, para ser más precisos, contra las noticias. Daba un discurso a unos graduandos en la universidad EIA y les decía, como único consejo, “no vean los noticieros de televisión. Cambien de canal. Apaguen el televisor. Hablen con sus padres. Llamen a la novia. Jueguen videojuegos. Lean El Quijote. Pero no le presten atención a las noticias”. Contundente.

Hay, escribe Gaviria, un efecto perverso detrás de las noticias, convertirnos a todos en “espectadores sin memoria”. Ver un noticiero, dice, es haberlos visto todos, porque las noticias son repetitivas, porque “los noticieros venden lo efímero como si fuera duradero. Prometen la novedad, pero entregan la rutina”. En definitiva, lo que Gaviria critica es el “pesimismo artificial”, es decir, hacernos creer que el mundo cada día está peor. Dar la razón, si quieren, al adagio aquel de “todo tiempo pasado fue mejor”.

El ministro, que es sobre todo un pensador, un filósofo, es también un optimista racional, un hombre que confía en los datos para afirmar, sin lugar a dudas, que este tiempo, nuestro tiempo, es el mejor de la historia de la humanidad. Tiene razón. Y es cierto que las noticias pueden tener el efecto perverso de hacernos resbalar en el cinismo, en el amargue permanente de sentir que todo lo que nos rodea es espantoso.

No obstante, profesor, creo que si bien sus premisas son correctas, sus conclusiones no lo son. El problema no es informarse. Yo, por el contrario, daría a los graduandos el consejo opuesto: lean noticias, reportajes, crónicas, oigan radio internacional, suscríbanse a The New York Times o a The Guardian de Londres, oigan los podcast de historia de la BBC, lean las columnas de Antonio Caballero y de Moisés Wasserman. Pero, sobre todo, sean críticos de las cosas que ven, que leen y que oyen. Piensen, a la manera de Kant, por ustedes mismos, salgan de una infancia desinformada y vayan formando un criterio.

Gaviria propone a los alumnos, en su discurso, una tarea, ver un video en Youtube de Hans Rosling, un médico que confronta a un periodista. Yo les propongo otra: pregunten a sus compañeros cuáles son las noticias del año en Colombia y en el mundo. Y que luego de que elaboren su respuesta, expliquen por qué. Les aseguro que la respuesta será un largo y sostenido silencio. El problema no es, entonces, estar “demasiado informados”, es lo contrario: no estarlo en absoluto. Esa es la gran paradoja de nuestro tiempo: circula más información que nunca, pero el mundo está cada día más desinformado. La mejor prueba, justamente como alega el profesor Gaviria, es que la gente cree que vive en el peor de los tiempos.

Hay un analfabetismo informativo que deteriora la democracia. Y el periodismo, el de verdad, tiene la labor de poner en contexto, de explicar lo que pasa, de dar el alcance justo a los eventos que nos rodean. En los periódicos, por ejemplo, se ha dado el debate sobre los tiempos que vivimos. Y con frecuencia se dice, también, que las cosas están mejorando. Tal vez, profesor Gaviria, el problema está en el formato, en la manera de contar las cosas, en el tono que usamos los periodistas, en las palabras que elegimos.

Por eso, porque creo en lo que hago, diría que una buena manera de combatir ese “pesimismo artificial” es volverse un crítico permanente de los medios, exigir mejores historias mejor contadas, castigar a quienes solo nos ofrecen “novedad, pero entregan rutina”. No nos abandone, profesor Gaviria, vuélvase usted un crítico de lo que hacemos y no hacemos en el periodismo colombiano. Permita usted, al que tantos admiramos, abrir una conversación necesaria sobre la información y las noticias. No se deje vencer del pesimismo. Hay cosas terribles, quién puede negarlo, pero también el periodismo está en el mejor de sus tiempos.

@espinosaradio

 

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