Por: Juan David Ochoa

Un discurso muerto

El último ciclo de un largo diálogo para finalizar un largo conflicto terminó con la entrega de armas de las Farc, verificada por la ONU y los países garantes. Todas las formas de lucha murieron allí, junto al cadáver de la pretensión armada en busca del poder, y junto al orgullo del Estado que aceptó finalmente sus yerros y sus consecuencias sangrientas.

Lo que sigue es la imagen que sugiere otro principio: la noche siempre es más oscura justo antes del amanecer. Y ya se ven, justo a la sombra de los efectos prácticos del fin del gran pretexto de la guerra, las fuerzas que siempre intentaron destruir los procesos anteriores, las mismas que hicieron lo posible para hacerlos caer, y cuando no pudieron y vieron los últimos niveles de la transición de ese pretexto muerto y mutado en democracia, optaron por el exterminio, y a cada uno de esos candidatos o políticos de base de esa nueva idea desarmada los borraron sin nervios. A esas fuerzas oscuras se les ha llamado siempre así, con el eufemismo poético de una presencia desconocida, aunque sepamos todos el nombre y su proveniencia desde las décadas de una petulancia proeuropeista, con la frivolidad criminal de quienes nunca se creyeron parte de esta historia de indios. Esas altas esferas de unas castas que prefirieron armarse con carnes de cañón del monte antes de entenderse con ideas extrañas.

A partir de ahora, ese viejo discurso del miedo frente a un viejo monstruo montés no tiene sustento ni asidero. El discurso de la paranoia y del terror ha quedado sin interlocutor en la historia, y esas armas alternas de las fuerzas oscuras que han estado dispuestas a usarlas cada vez que el establecimiento es amenazado cíclicamente por la diferencia, las querrán usar en el último cartucho histórico, o las querrán enterrar ahora que saben que una justicia moldeada para nombrar a los anónimos tradicionales llega con el peso de la misma historia.

Pero aunque pareciera que quisieran esconder muy bien sus nombres y sus rostros, no lo hacen: aparecen de frente y con el tufo recargado del desprecio para hacer saber que esa tendencia soberbia de querer respetar la clase no quiere esconderse en los rincones de la euforia. Están allí, en la secta que no acepta leyes ni argumentos, ni soportes históricos, ni cifras estadísticas, ni reportes de organizaciones internacionales, ni respaldos de la diplomacia mundial, ni razones expuestas por los mismos soldados rasos manoseados por un conflicto de estratos con muertos desconocidos. Y van a querer seguir con la hostilidad aunque el fantasma del enemigo se haya extinguido para recobrar el poder que perdieron cuando la vieja promesa de la guerra no convenció más sobre las fosas. Y van a usar las mismas estratégicas históricas para retomar lo que creen que merecen por razones de sangre: mentir sobre la misma hediondez de sus delirios; murmurar, como en las viejos pueblos de la Violencia en que sus abolengos cortaban gargantas para escarmentar, que el muerto no está muerto todavía, que sigue rondando los montes con armas fantasmales, y que el conflicto fue una vieja mentira de los libros de historia para recargarse de tensión, y que solo ha habido una sola fuerza y un solo heroísmo en este tiempo de fracasos: ellos, los únicos herederos de la verdad y el misterio, los elegidos para disparar sin sospecha, la última pura casta que se pierde entre un discurso muerto.

 

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