Por: Gustavo Páez Escobar

Un dudoso canto del cisne

En los días precedentes a Semana Santa me llegó el siguiente correo electrónico de Gustavo Álvarez Gardeazábal: “Con ocasión de los idus de marzo he publicado, en edición privada, numerada y obviamente firmada por mí, el que puede ser mi canto del cisne como novelista: “La resurrección de los malditos”.

Queda difícil suponer que el escritor tulueño, en plena madurez de sus 62 años de vida, quien desde muy joven se inicia en las letras y desde entonces no ha cesado de escribir novelas, cuentos, ensayos e infinidad de artículos de prensa, haya llegado al canto del cisne con la novela citada. Si el género narrativo es la columna vertebral de su toda producción intelectual, del cual proviene su renombre literario, no creo que deje de escribir novelas por el hecho de que sus editores hayan dejado de apoyarlo.

El escritor no resistirá las ganas de sostener su verdad a través de las novelas que le faltan, lo cual equivale a continuar señalando a los eternos explotadores del pueblo, denunciando las corruptelas y atacando los atropellos y la sinrazón que a diario se perpetran en el país. Atropellos de los que él mismo ha sido víctima. Dejemos, por ahora, que le pase la rabieta contra sus editores, los mismos que usufructuaron las sólidas ganancias de sus libros, y ahora lo abandonan. Ya veremos que a la vuelta de los días –más breves que largos– saldrán de su pluma nuevos títulos victoriosos.

Quienes tuvimos la suerte de recibir en plena Semana Santa “La resurrección de los malditos”, en edición privada de lujo, numerada y suscrita por el autor, nos sentimos privilegiados con la decisión suya de no llevar su obra a las librerías. Lo cual no quiere decir que compartamos la actitud de sus antiguos editores, quienes no quisieron comercializarla “por razones presuntamente morales”, como lo anota el novelista en su mensaje por internet.

Se trata de una novela vehemente y atrevida, como todas las suyas, que por lo pronto ha provocado el veto del obispo de Buga, quien lanza contra el autor furiosos anatemas por aparecer como el anticristo de los tiempos modernos. En el pasado, “El bazar de los idiotas” sacó a flote la ingenuidad de la gente que se deja llevar por el fanatismo religioso que cifra la salvación del alma en la compra de telas y estampas sagradas, que no solo en el santuario de Buga sino en el mundo entero se comercian como fetiches de explotación que conquistan a los incautos.

Cinco siglos atrás, el monje Martín Lutero se rebeló contra la compra de indulgencias practicada por la Iglesia Católica como medio para salvar el alma. Su rebeldía contra las normas ortodoxas de su propio credo dio lugar al protestantismo. Lutero, que clamaba por el regreso a las enseñanzas de la Biblia, y que por supuesto condenaba el tráfico de indulgencias, fue excomulgado. Tuvieron que transcurrir 500 años para que le fuera levantada la excomunión y se le reconociera la verdad de su protesta. ¿No es acaso la misma tesis que expone Álvarez Gardeazábal en “El bazar de los idiotas?

En su última novela –“La resurrección de los malditos”–, que yo me resisto a verla como su canto del cisne, insiste en su vieja denuncia contra la violencia. Es un libro reiterativo de “Cóndores no entierran todos los días”, en el cual se recoge el capítulo tenebroso de los ‘pájaros’, o matones de aquellos días. Ahora traslada esa época de terror a nuestro tiempo, bajo el imperio de los narcotraficantes.

Ramsés Cruz, el protagonista, hijo de un ‘pájaro’ de los años 50, ejerce en el actual  escenario de los narcóticos el mismo liderazgo violento de su padre. Condenado a 15 años de cárcel en la prisión de Gorgona, el reo cree en la teoría de que a Cristo le dieron mandrágora para aparentar su muerte, y luego se simuló su resurrección. Por lo tanto, también el malhechor podrá salir de la cárcel tomando mandrágora.

Esta ficción novelesca crea una figura de actualidad: la supervivencia de los llamados traquetos gracias al poder ‘mágico’ de las drogas, que abren todas las puertas, como sabemos: las de la política, las de la justicia, las de los militares, las del gobierno. Durante milenios, la mandrágora, por sus poderes narcóticos, ha sido considerada una planta que produce efectos mágicos.

Cuadra muy bien en la novela que el capo Ramsés Cruz se tome una pócima de mandrágora para salir libre de su cautiverio. La obra enseña que pasa una época violenta, y llega otra no menos violenta. La mala yerba se sigue reproduciendo como por arte de magia.

El poder ominoso se transfiere de los capos a sus esposas, a sus hijos, a sus nietos. Eso es lo que sugiere la novela de Álvarez Gardeazábal –sin editor, y ojalá sin canto del cisne–. ¿Acaso no es lo mismo que sucede en la realidad colombiana de todos los días?

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