Por: Hernando Gómez Buendía

Un entierro de tercera

No hubo nisiquiera un gesto de pudor. Horas después de hacerse reelegir, el presidente reelegido declaró que la reelección no le conviene al país.

Como si fuera un asunto menor, y en medio de la euforia del Mundial, el doctor Santos anunció “una serie de reformas, entre las cuales están eliminar la reelección y ampliar el período presidencial”. Igual que el “articulito” que hace 10 años hizo cambiar Uribe, o el “golecito a la Constitución” que hace 20 años permitió hacer otra Constitución, los gobernantes de Colombia no patean el balón sino las reglas del juego.

Y es por tener los gobernantes que tenemos que la reelección no le conviene al país: porque abusan del poder.

Si un presidente “lo está haciendo bien” (como dicen los lambones) o si sencillamente lo desea el pueblo (como diríamos los demócratas), parece absurdo prohibir que pueda ser reelegido.

Los partidarios de Uribe usaron este argumento y pusieron el ejemplo de países avanzados donde los gobernantes sí pueden ser reelegidos. No aclararon por supuesto que en Estados Unidos el presidente tiene menos poder que el Congreso, los estados federados y los jueces, o que en los regímenes parlamentarios de Europa no se elige a la persona sino al partido, al equipo y al programa.

Ni —sobre todo— aclararon por qué no era vergonzoso un presidente que hacía cambiar las reglas en beneficio propio. No era el ejemplo de las democracias avanzadas, sino de la enfermedad latinoamericana que nos mantiene a la zaga del mundo: la de mesías que cambian constituciones para salvarnos de nosotros mismos.

Una moda que comenzó en el país de moda, cuando Cardoso en Brasil cambió la Constitución para reelegirse (1997), y tuvo su primera eco-sorpresa cuando la democracia modelo dejó de serlo en el país sorpresa de este Mundial: Costa Rica torció su Constitución para poder reelegir a Arias (2003). Vino después la retahíla menos respetable de la “nueva izquierda” o “el socialismo del siglo XXI”: Chávez, Evo, los Kirchner, Correa y hasta Nicaragua, donde la Corte declaró inconstitucional el artículo de la Constitución que prohíbe la reelección. Cosas del trópico.

No voy a hablar de la Corte colombiana que una vez aprobó la reelección y después, con los mismos magistrados, la declaró contraria a la Constitución. No quiero recordar al Santos que se opuso “por principios” a la reelección hasta que Uribe lo nombró ministro, ni mucho menos recordar a Yidis o a Teodolindo.

Tampoco quiero pensar que una vez nos empacaron la reelección para salvarnos de nosotros mismos y ganar la guerra, y otra vez nos la acaban de empacar para salvarnos de nosotros mismos y firmar la paz. No quiero oír siquiera la palabra mermelada.

Hoy la única reelección que me interesa es la de José Néstor Pékerman.

 

 Hernando Gómez Buendía *

 

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