Por: Columnistas elespectador.com

Un error histórico

El acuerdo de Ginebra entre el G5+1 e Irán sobre el programa nuclear iraní crea una nueva y peligrosa realidad.

Por Yoed Magen, embajador de Israel en Colombia / Especial para El Espectador

Irán obtuvo lo que quería: se relajan las sanciones en su contra otorgándole “oxígeno económico” sin hacer concesiones significativas.

La principal debilidad del acuerdo es que ignora los mayores peligros del programa nuclear iraní y legitima otras, especialmente su estructura de enriquecimiento y el uranio enriquecido, en abierta violación de resoluciones del Consejo de Seguridad.

Con este acuerdo, la comunidad internacional acepta por primera vez desde 2003 los avances nucleares de la República Islámica, sin insistir en retrocederlos.

El acuerdo carece de compromiso real para desmantelar el reactor de agua pesada de Arak, cuyo único objetivo es la producción de plutonio para uso militar.

Con este acuerdo, Irán podrá continuar la investigación y el desarrollo de centrífugas avanzadas, desarrollando y fortaleciendo de esa manera su capacidad de enriquecimiento bajo el disfraz del acuerdo.

El acuerdo, además, le permite a Irán preservar su inventario actual de unas 7 toneladas de uranio enriquecido a un nivel inferior al 5% y exige que transforme todo material enriquecido adicional al óxido, eliminándole supuestamente su capacidad bélica. Sin embargo, esta modificación está sujeta a la disponibilidad de una planta especial de conversión que no existe en Irán.

Irónicamente, la mayor preocupación, que ha sido el hecho de que Irán ha estado desarrollando activamente armas nucleares, no aparece en el acuerdo, que busca restablecer la confianza en la naturaleza pacífica del programa nuclear persa como uno de sus objetivos principales.

Las concesiones por parte de la comunidad internacional debilitan el régimen de sanciones y frenan el impulso que tuvo la presión sobre Irán. Ha sido esa presión, junto con las graves consecuencias que han tenido las sanciones en su economía y sociedad, lo que llevó a los iraníes a la mesa de negociaciones, y por lo tanto su disminución sin concesiones reales es contraproducente: Irán tendría ahora menos incentivos para ceder en su programa nuclear.

El ejemplo norcoreano demostró cómo este tipo de acuerdos con regímenes extremistas no conduce a una solución pacífica, sino que es utilizado por éstos para ganar tiempo, tal como ocurrió con Pionyang, que ya posee armas atómicas.

Por último, según el acuerdo firmado en Ginebra, Irán mantiene intacta su infraestructura nuclear y podría reanudar operaciones por decisión propia. Existe además el temor de que por falta de un sentido de urgencia, el acuerdo firmado se vuelva permanente y redefina los parámetros del programa nuclear de Irán para los próximos años.

Significa lo anterior que Irán será prácticamente escoltada por la comunidad internacional al umbral de su capacidad bélica nuclear.

 

 

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