Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Un Estado Shin Beth

Quizás en ningún otro Estado del mundo haya semejante interpenetración entre los líderes del gobierno, los servicios de inteligencia y las fuerzas especiales como en Israel.

Chaim Herzog, sexto presidente de ese país (1983-1993), inició su carrera durante la Segunda Guerra Mundial como oficial de inteligencia junto a los ingleses y luego se integró a la Hagannah, el ejército sionista que participó en la fundación del Estado de Israel. También fue director de la inteligencia militar (Amman) en dos ocasiones. Yitzhak Shamir, dos veces primer ministro (1983-1984 y 1986-1992), condujo varias operaciones al mando del grupo Stern y después permaneció durante 17 años en la Mossad. Ehud Barak, el soldado más condecorado de la historia israelita, primer ministro entre 1990 y 2001, comandó la Sayeret Matkal, considerada como la mejor unidad de combate del ejército (que también acogió a B. Netanyahu). Después dirigió la Amman.

Los oficiales de las fuerzas especiales y de paracaidistas también han jugado un rol importante en la vida política: Dany Matt, Rafael Eitan, Yitzak Mordechaï y, desde luego, Ariel Sharon. Este patrón no revela ninguna orientación partidista particular. La Likud y el Partido de los Trabajadores, las dos grandes organizaciones israelíes, han sido dirigidas por hombres que integraron el Sayaret Matkal como Uzi Dayan, Saul Mofaz o Amiran Levi. Que los gobernantes dispongan de una experiencia como oficiales dentro de la comunidad de inteligencia israelí explica la gran estima— e incluso la permisividad— que han tenido con las actividades de la Mossad.

Al abandonar el Shin Beth, el servicio encargado del contraterrorismo dentro de Israel, varios de sus directores han manifestado que la solución al conflicto israelí-palestino no es militar, sino política. El documental The Gatekeepers, de Dror Moreh (disponible en YouTube), resume sus opiniones con una claridad poco usual. Sin embargo, al escuchar a Avraham Shalom o a Ami Yalon, cabe preguntarse qué tan factible será el camino de la negociación mientras continúe esa simbiosis entre inteligencia y política en los más altos niveles del Estado. Es cierto que Yitzak Rabin ideó un proceso de paz en el que se «negociaría como si no existiese la guerra, y se continuaría la ofensiva militar como si no existiese la negociación», pero esa valiente iniciativa concluyó con su asesinato y nadie en la política israelí actual parece quererla revivir.

Israel ha afrontado y continúa afrontando amenazas serias de la parte de sus vecinos. Es una realidad que no puede ocultarse. Pero como lo he dicho en este mismo espacio, sin la creación de un Estado palestino viable los israelitas seguirán sumidos en el paradigma securitario en el que han vivido hasta hoy. La frecuencia recurrente de los asesinatos selectivos y de las operaciones contraterroristas continuarán restringiendo la actividad democrática, no sólo por el número de víctimas civiles que producen fuera de sus fronteras, sino también porque la eficacia de las tareas de inteligencia implica la ausencia de control legislativo y judicial. Por eso quisiera finalizar esta columna con una frase que Yeshayahou Leibowitz, una de las intelectuales más influyentes de Israel en el siglo XX, escribió después de la Guerra de los Seis Días y que a mi modo de ver sigue vigente en el día de hoy:

«Un Estado gobernando a un millón de extranjeros hostiles se volverá un Estado Shin Beth, con todo lo que eso implica para la educación, la libertad y la democracia. La corrupción se fijará sin remedio en Israel. El gobierno deberá suprimir un alzamiento con una mano, y lidiar con los colaboradores y los traidores con la otra».

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