Por: Columnista invitado EE

Un experimento social

Por: Juliana Bustamante Reyes

Nunca volveremos a ser lo que fuimos.

La emergencia global por cuenta del coronavirus es la prueba más grande que ha enfrentado la humanidad desde, probablemente, la segunda guerra mundial. Tal vez la crisis de los misiles de Cuba o el 11 de septiembre de 2001 puedan asemejársele en cierta medida por el pánico colectivo que produjeron. Pero ninguno de esos ejemplos se parece a éste porque aquéllos dependían del hombre y éste no. Estamos a merced de un "enemigo invisible", como tantos lo han llamado, que viene por cualquiera de nosotros, sin distinción de ninguna clase y, al menos por ahora, sin posibilidad de ser controlado.  Nadie se salva de ser su víctima ni de tener alguna responsabilidad en detener o propagar la crisis.

Las personas mayores que me rodean aseguran nunca haber vivido algo similar y, en lo personal, esto que hoy vemos, se parece mucho a mis pesadillas de niña, joven y adulta sobre un mundo decadente desmoronándose ante fuerzas fuera de su control. Las distopías que leímos y vimos, y que tanto nos asustaron, ya son superadas, otra vez, por la cruel realidad. Una mezcla entre El Ensayo de la Ceguera, Black Mirror, El Cuento de la Criada y 1984. Gobiernos frenéticos dando órdenes a diestra y siniestra sin claridad de nada, porque todo es oscuro. Ciudadanos obedientes --en su mayoría-- sobrecargados de información y aterrorizados de la muerte que parece estar tan cerca. Políticas de antaño que ahora no caben, como la estrategia del rebaño de los ingleses que parece un mal chiste en esta debacle. Luchas de poder atravesadas por mentiras de gobernantes que solo contribuyen a empeorarlo todo. Desafío solo para líderes de verdad, para el que los pequeños presidentes no están hechos. Un llamado elocuente de la comunidad médica por sensatez y responsabilidad, que contrasta con el comportamiento de quienes se creen inmunes y deciden aprovechar la crisis para irse de paseo.

Pero a la vez, mucha gente encerrada, dispuesta a renunciar a todo lo que le es cómodo para aportar desde lo que puede a frenar el contagio, a acompañar a los que están en su misma situación desde diferentes lugares --casi siempre virtuales--, a darnos ánimo mutuo, a ser creativos y no detenernos del todo, a trabajar y estudiar mucho, a adaptarnos a lo nuevo y verlo como una oportunidad. Una forma de recuperar sentido en lo esencial, lo que realmente importa, el valor del ‘afuera’ que hoy se nos niega, y el privilegio que también hoy tenemos del silencio, el freno al desenfreno y la posibilidad de sentir que, en vez de producir, estamos contribuyendo a preservar el más importante de los bienes: la vida de los otros y de nosotros.

¿Qué saldrá de todo esto? En un año estaremos valorando si la peor crisis que el mundo haya vivido de manera tan informada significó algo.

En lo personal, creo que, en efecto, serán muchos los cambios que este experimento social produzca. Para bien y para mal. Imagino ambos con igual intensidad. Por un lado, creo que esta crisis puede devolverles a muchos la capacidad de pensarse desde lo colectivo; entender que solo como grupo podemos salir adelante y que las miradas individualistas al final no funcionan. Si esta idea cala, el neoliberalismo tendría que replantearse. Ya no sería cada uno por lo que más le convenga, sino todos trabajando para todos. Una perspectiva de equidad en la que no cabe la competencia irracional que hoy nos domina; donde la solidaridad termina siendo un bien de gran valor (como vemos hoy en quienes decidimos recluirnos) que contrasta con el individualismo destructivo (que hoy se manifiesta en los que se van de vacaciones o se vuelan los controles).

Pero también están los riesgos inmensos de lo que quede del poder político después de esto. ¿Cómo va a ser la relación de los líderes con sus gobernados, capaces hoy de someterlos absolutamente, cuando la ‘normalidad’ vuelva? ¿Es el tal ‘cambio de chip’ tan poderoso como para anestesiar a la ciudadanía y volverla obediente y sumisa a punta de miedo? ¿Miedo al cambio climático, a las epidemias, al comunismo, a los inmigrantes…? ¿Cómo volver a manifestarse y cuestionar a los gobernantes con tranquilidad sin correr el riesgo de que ellos estén tentados por usar las herramientas de control que ya han demostrado funcionar?

Y, además, si está crisis se alarga: ¿Cómo se va a atender la pandemia de enfermedades mentales resultantes del encierro? ¿Se ha pensado en el crecimiento de la violencia intrafamiliar que puede producirse? ¿Qué va a ser de nuestras relaciones humanas? ¿Se transformarán para siempre? Hoy vivimos una especie de luna de miel con el aprendizaje, el trabajo y el entretenimiento virtual, pero la esencia humana no es esa. ¿Cómo estamos procesando internamente el miedo al contagiarnos de ‘lo que tiene’ el otro y el rechazo a las formas físicas de conexión humana? ¿Qué mensaje está dejando en los niños y jóvenes el miedo a acercarse a los demás? ¿Son los más pequeños lo suficientemente conscientes de la necesidad de proteger a otros a punta de estar lejos de ellos y no tocarlos? Y los más grandes, ¿están profundizando la paranoia y el miedo a sus pares gracias a la sobredosis de información?

Son las primeras ideas que la reclusión que apenas empieza me trae. El mundo --hoy unido por una crisis de la que nadie tiene control y cuyo desenlace depende del actuar colectivo-- se enfrenta hoy al más grande de los retos. La humanidad se enfrenta, como nunca, a la necesidad de revisar si sus modos de vivir y entender el mundo son realmente los que pueden salvarlo de catástrofes como esta. Hoy nos asombra a jóvenes y viejos constatar que son los valores humanos que tenemos, los únicos que podrán sacarnos adelante de esta crisis. El sentido de igualdad, de unión, de equidad, de trabajo colectivo, de solidaridad, de propósito de la existencia, de reconocimiento del otro como valioso y necesario --sin importar quién sea y qué tenga o no tenga-- están a nuestra disposición y son nuestras verdaderas riquezas.

@julibuscel

910566

2020-03-21T18:22:06-05:00

column

2020-03-22T18:41:16-05:00

ficaco04_81

none

Un experimento social

22

6321

6343

 

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado EE

Los abuelos del olvido

A grandes problemas, grandes soluciones

Aislamientos: ¿peor que la enfermedad?

Entre primo y primo...