Un fantasma inútil

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Una semana más y el desplome de Iván Duque entre el vacío de su propio poder se hace aún más estridente y peligroso: su jefe supremo lo ha dejado solo entre todos los escándalos y espera el momento justo para aparecer sobre el desastre a redimir la historia a su manera, bajo la ley o contra ella, porque el país, esa patria solemne que se traga el barranco y el desprestigio, no puede hundirse para siempre entre la ambigüedad, lejos de su nombre. Lo sugirió hace pocas semanas en una conversación privada, y lo ha dejado ver sutilmente entre todos los tumbos y los yerros de ese niño inexperto que creyó llegar a la gloria por los mandatos de la democracia. Uribe ha empezado a usar los eufemismos tácticos de su desprendimiento para volver a demostrar que su poder sigue latente y su dominio sigue siendo el esperado por sus áulicos.

El vacío de poder lo ocupan estratégicamente los ministros expertos en la tradición de la política cooptada: Alberto Carrasquilla y Guillermo Botero protagonizan las ruedas de prensa que el presidente no puede dar por ignorancia, por aturdimiento y porque el orden y el patrón de las acciones de su gobierno no han sido pensadas ni aprobadas por él. Su presencia solo la sustentan las efímeras alocuciones que nadie ve y sus consejos comunales están siendo recordados por el sombrero paisa que usa para evocar otro nombre y otra época: su tiempo y su figura están fuera de contexto, el país reclama institucionalidad, y ante la duda y el miedo decide  ausentarse cada vez más entre los índices que lo destrozan y la sospecha progresiva de sus electores que empiezan a entender, 100 días después, que sus propuestas solo eran recursos desesperados de publicidad y sus juramentos estaban amparados siempre en la retórica. Todo lo que dijo lo contradicen sus hechos, todas sus promesas que sedujeron una vez más a los sectores siempre defraudados son ultrajes ahora bajo la Ley de Financiamiento, un eufemismo que esconde una reforma tributaria más atroz que la anterior, la misma que criticó con tanta vehemencia en sus años de senador desconocido. Por eso no suele responder ante los medios con la continuidad que lo obliga, su campaña electoral fue una estafa y su palabrería no alcanza para contrarrestar su nulidad. Es un fantasma que se pierde sobre el mismo humo de su quimera, y entre los últimos métodos de contención, se le escucha cantar entre el abismo para demostrar al menos un talento.

En sus últimas apariciones esporádicas no ha vuelto a repetir el eslogan contra la corrupción que usó insistentemente en su campaña: Odebrecht, el mayor escándalo del siglo, ha estallado sobre su palacio sin que haya merecido un pequeño discurso de repudio. Todo su círculo y su pasado tienen esa sombra que se expande cada vez más con sus estelas y sus muertos y  pruebas reinas, pero tiene la custodia de un fiscal que lo controla todo en silencio, una comisión de acusaciones que ha cumplido siempre con una perfecta impunidad, y un Congreso que lo defenderá ante cada incendio por intereses mercantiles. El fantasma espera siempre la voz de su patrón para que hable por todos. Quedan cuatro largos años aún bajo su ausencia.

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