Por: Manuel Drezner

Un Gaitán incompleto

La presentación que se hace en Colsubsidio de Gaitán, el hombre a quien amé, una obra con música de María Isabel Murillo y que dirige Rob Barron, hace la modesta afirmación de que es “el musical que partirá la historia en dos”.

Tal vez exageran un tanto, pero todo se debe perdonar en aras de una obra muy bien montada, con decoro técnico y actuada y cantada con profesionalismo, lo cual no parte precisamente la historia en dos, pero al menos es un espectáculo agradable.

Pero después de una brillante escena inicial, con el asesinato del personaje y el Bogotazo, las cosas se reducen a una serie de escenas sin mayor ilación, de canciones que muchas veces no contribuyen al avance de la obra (como es obligatorio en un musical moderno) y bailes que son bastante elementales en su coreografía.

Lo malo es que cuando se trata del abordaje teatral de una figura histórica de la enorme importancia e influencia que tuvo Gaitán, uno espera una presentación del personaje, del momento histórico en que se desarrolló y de las motivaciones que formaron su brillante pero tristemente trunca carrera política.

Nada de eso hay en la obra. Hay una buena antología de citas de sus discursos y lo demás cae en una simple historia romántica, sin drama, sin conflictos que se resuelvan y sin que pase mayor cosa. De hecho, el romance secundario de Alberto y Laura tiene más interés que el central.

Eso es lamentable, porque un personaje como Gaitán, de una complejidad excepcional, daba para una obra de teatro que si bien no partiera la historia en dos, sí podía mostrar causas y efectos que aún hoy día, sesenta años después, estamos todavía sintiendo.

En resumidas cuentas, estamos ante una pieza entretenida, con música que no es memorable mas si agradable, pero sin el contenido que uno esperaría del tema. Si se considerara esta obra como una primera aproximación, con mucho para agregarle, es un experimento que vale la pena, pero tal como está, es demasiado elemental.

La escenografía e iluminación de gran mérito, aunque quizá hay ciertos detalles menores a los que no se puso cuidado. Por ejemplo, en la época descrita no había teléfonos automáticos, pero ya esto son minucias. El sonido, por el volumen excesivo y por esa mala costumbre de poner dos parlantes muy separados con la misma información que lo que hace es crear un sonido fuera de foco, podría mejorarse. Un solo parlante haría milagros acústicos.

 

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