Por: Jorge Iván Cuervo R.

Un gobierno, dos discursos

El gobierno del presidente Iván Duque tiene dos discursos frente a la paz y frente a otros temas: uno de consumo interno para satisfacer a su base política y electoral, y otro externo para vender ante la comunidad internacional y mostrar algo en los 17 viajes que lleva en estos diez meses largos. Al paso que va, logrará superar a Andrés Pastrana, lo cual parecía difícil.

Duque gobierna adentro pensando en el país caótico que pintó Ernesto Macías en el discurso de posesión como presidente del Congreso, y esa narrativa le sirve para usar el retrovisor con el gobierno anterior y excusar su incapacidad en un legado que consideran desastroso. Un gobierno que, de dientes para afuera, dice apoyar la implementación del Acuerdo – en realidad el funcionario encargado de decirlo todo el tiempo y que parece desmentir al resto del gobierno es Emilio Archila, el consejero para la Estabilización y la Consolidación.

Pero cuando sale del país y se tiene que enfrentar a jefes de Estado y organismos internacionales, Duque entiende que lo único que tiene para mostrar es el Acuerdo de paz logrado por su antecesor y haber continuado con la política de atención a la migración venezolana.

Esta ambigüedad es problemática si la idea de los viajes presidenciales es la de establecer acuerdos comerciales y lograr convencer a empresarios sobre oportunidades de inversión, porque debe verse en aprietos para ser convincente a la hora de invitar a invertir en un país como el imaginado por Macías. Como lo señaló el exministro Cárdenas, de tanto insistir en que la economía que dejó Santos es un desastre, logró convencer de ellos a los agentes del mercado, y eso explicaría en parte que no se esté creciendo de acuerdo con lo presupuestado. La típica profecía autocumplida.

En Inglaterra, Duque reconoce la importancia de la biodiversidad colombiana, recoge recursos de cooperación para el ambiente y, por otro lado, anuncia el restablecimiento de la fumigación aérea de glifosato sobre los cultivos de hoja de coca, aun antes de conocer el fallo de la Corte Constitucional que revisará el tema y desconociendo las propias cifras que presentó, primero de ochenta mil y luego de sesenta mil hectáreas de hoja de coca erradicadas, en su gran mayoría en desarrollo de los programas de sustitución voluntaria o de erradicación manual.

Siguen muriendo líderes sociales, a una tasa mayor que la del gobierno anterior, incluyendo desmovilizados de las Farc, y afuera muestra una reducción con base en los malabares econométricos de Daniel Mejía, ahora en la Fiscalía. Reitera su compromiso con los derechos humanos y, por otra parte, mantiene la postulación de Everth Bustamante ante la CIDH, sin duda una afrenta al sistema interamericano por su falta de idoneidad y de imparcialidad, como bien lo señaló el panel de expertos que evaluó las hojas de vida de los aspirantes.

El gobierno pregona su apoyo a la institucionalidad democrática ante jefes de Estado, pero luego el Presidente dice que respetaría la decisión ciudadana del referendo que promueven tras bambalinas voceros del partido de gobierno, con el cual se pretende derogar la JEP, revocar a los magistrados de las Altas Cortes, acabar las existentes y dejar solo una, mejor dicho la vía al castrochavismo, el caballito de batalla que sirvió de fundamento para el triunfo de segunda vuelta.

No debemos olvidar que el hoy presidente en campaña prometió que no habría más impuestos, que no se consideraría el fracking, que apoyaría los proyectos de la consulta anticorrupción, todas promesas incumplidas en los entresijos del trámite legislativo de dónde el Ejecutivo puede alegar que no le cabría responsabilidad alguna, lo cual no es creíble en un régimen presidencial como el colombiano.

Duque se siente más cómodo afuera donde lo protegen las reglas de la diplomacia, aquí en cambio sabe que tiene un jefe al cual rendirle cuentas, cuya agenda política eclipsa la débil apuesta gubernamental que sigue sin ser creíble por más que suba el tono.

@cuervoji

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