Por: Felipe Zuleta Lleras

Un gobierno pandito

No suelo creerles mucho a las encuestas, salvo a la que hace mucho tiempo viene haciendo Gallup, en lo que tiene que ver con los presidentes y el estado del país en sus asuntos más importantes.

La que se conoció esta semana ciertamente deja muy mal parado al presidente y a su gobierno en asuntos como corrupción, inseguridad, guerrilla y desempleo, por sólo mencionar algunos de los temas preguntados. La verdad, creo que si bien la gran mayoría de los ministros y altos funcionarios del Ejecutivo son profesionales exitosos, hay algo que les impide ejecutar bien, y a tiempo, sus tareas.

No creo que sólo sea un tema de no saber comunicar, como piensan en Palacio. Por supuesto, esto influye, pero la verdad es que el Gobierno en general está desarticulado, como si el presidente no hubiera sido capaz de poner de acuerdo a sus ministros para que de común acuerdo empujen las locomotoras de las que tanto habla el propio gobernante. Los ministerios entre sí se pisan las cuerdas. Mientras Minas quiere acelerar, Medio Ambiente declara parques las zonas mineras, por sólo mencionar un caso. Eso no refleja nada distinto que falta de coordinación y de políticas claras por parte del Estado.

Considero que otro de los temas que afectan la imagen del presidente es que, a diferencia de su antecesor, Santos ha gobernado más para los cachacos que para el resto de las regiones. Empezando porque, contadas excepciones, la mayoría de sus ministros son de estrato 90. Eso no es malo per se, pues aun cuando son más preparados que un kumis, uno no los ve con las botas en el barro, tal vez exceptuando al “amable” Vargas Lleras.

No se trata por supuesto de que el presidente no despache desde Palacio, como lo hacía Uribe, pero la verdad tampoco es bueno que aparezca en cuanto evento social hay en Bogotá. Mejor dicho, Santos no puede seguir decorando matrimonios todas las semanas. Eso hace que muchos colombianos lo perciban como un hombre ligero y pandito.

Tal vez lo más grave, que no por eso censurable, es que el presidente está apostando todo su prestigio a lograr un acuerdo de paz con la guerrilla, la que todos conocemos, esa subversión tracalera, mentirosa y timadora.

Y esa, por supuesto, es una apuesta muy dura, pues es como si uno le metiera toda su fortuna al casino del Titanic. Así las cosas, o el jefe del Estado pega un timonazo fuerte y necesario o veremos literalmente a su gobierno haciendo aguas, como se dice popularmente.

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