Un Gobierno que se autoderroca

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Si Nancy Patricia Gutiérrez, la ministra de quien depende la seguridad y la tranquilidad ciudadana, dice en público que no “queda duda” de que hay una “estrategia para derrocar al gobierno” razón por la cual se desarrolla, según ella, “un paro basado en mentiras”, la convocatoria a la “conversación nacional” que hizo el presidente Duque para encontrarle salidas a la conmoción social que vive el país, simplemente es una farsa. Si a este y a otros de sus mensajes en las redes, Gutiérrez le añade el estribillo desafiante de acuerdo con el cual los manifestantes que salen a las calles y plazas “#NoPudieron”, podríamos interpretar que se aproxima una etapa de venganzas oficiales. Si, en ese mismo contexto, la ministra del Interior menciona el cuerpo armado del Estado cuando afirma que “atacaron a la #FuerzaPública buscando que reaccionaran para acusarlos (sic) de violar los derechos humanos” y concluye, de nuevo, con el retador “#NoPudieron”, uno debería sentirse amenazado.

Gutiérrez explica que sus trinos aludían al genérico de moda, los “vándalos”, pero, desde luego, sus advertencias les caen a los reclamantes que se atrevieron a movilizarse en defensa de sus derechos. Con su torpeza política, la ministra demunancy estra que está tan encapsulada como su jefe y que con ella, nadie en la administración se atreve a enfocarse, tal vez por cobardía, en los verdaderos conspiradores de un gobierno que califican como flojo e inútil: los hiperextremistas de su propio partido y sus aliados pastranistas que sueñan con ver a la vicepresidenta despachando en la Casa de Nariño, ojalá desde mañana por la mañana. Duque está desesperado y por eso da palos de ciego: maniobra, un día, para simular un talante democrático del que carece y maniobra, al día siguiente, para bajarle la agresividad a sus copartidarios. Entre tanto, el país se deshace y los estallidos de inconformidad se multiplican. Y a todas estas, ¿qué pasa con la jefatura inapelable de Uribe que ya no surte efecto alguno? No solo Duque se desmorona. También su líder cuyos pies de barro no parecen soportarlo más tiempo. El destino suele ser cruel: el uribismo recuperó las riendas del gobierno para autoderrocarse.

Entre paréntesis. Característico de las dictaduras es el ataque a la libertad de expresión en tres modalidades: 1. Represión de los medios que no son funcionales a su ideología, 2. Control de la información que publica la prensa tradicional no obstante que esté dispuesta a ceder su independencia, y 3. Ocultamiento de sucesos relevantes para la sociedad, pero perjudiciales para su imagen. En Colombia asoman los tres síntomas. En el primer caso: allanamiento irregular —y, al parecer, vengativo—, a la revista alternativa Cartel Urbano en donde, por cierto, los agentes no encontraron ningún elemento “terrorista”, la disculpa que dieron para ingresar a sus instalaciones; censura de dibujos en murales públicos, uno con imágenes de cinco generales del Ejército que fue borrado, de inmediato, por militares que ¡se quedaron custodiando la pared! Y, otro, que también sufrió la brusca desaparición de los dibujos de dos artistas conocidos, tal vez, porque en ellos se adivinaba cierto despotismo político. En el segundo caso, detención arbitraria por policías del Esmad, de dos periodistas de El Heraldo y un fotógrafo de prensa internacional que cubrían el paro en Barranquilla; despidos sospechosos aunque con disculpa económica, de respetables editores y reporteros con criterio propio y, lo que es peor, inexplicables contrataciones en medios democráticos, de periodistas dispuestos a servirle, no a su profesión, sino al régimen en el poder. Y el tercer caso se materializa en la generalización de ruedas de prensa sin derecho a preguntar, mucho menos a contrapreguntar o a formular interrogantes molestos, y en el incremento de comunicados oficiales con afirmaciones y cifras mágicas sin origen comprobable como, por ejemplo, datos concretos sobre el elevado número de “vándalos” venezolanos deportados o expulsados sin ton ni son, o la presunta cifra de miembros heridos del Esmad de los cuales no se anotan sus identidades, los hospitales en que fueron recluidos, las lesiones que padecen, sus rangos, su status o cualquier otra seña. Así era el estilo de los gobiernos militares del continente en el siglo pasado que la administración “moderna” de la “economía naranja” está replicando.

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