Por: Nicolás Rodríguez

Un granito de arena

Tanto criticar a Chávez y pobretear a Venezuela para después leer que de allá venía en parte la supervivencia material de La Guajira. Lo que regalaba no era mucho o suficiente. De seguro que a más de uno le habrá dicho que su revolución alcanzaba hasta para prevenir el hambre de los colombianos.

En mañanas de megalomanía, que carguen tanques con leche y agua para los hermanos del vecino país. En tardes de machismo patriotero, que saquen los tanques de guerra. Así era Chávez, el imprevisible fanfarrón. Ese era su vínculo con la gente de La Guajira, a la que acompañaba paternalmente y con mucha lástima.

Hoy La Guajira está peor. Y entre colombianos que se dicen tan diferentes del fallecido militar, prima la misma mirada. El gesto emocional y quejumbroso se repite. La relación es igual de asimétrica. Todo lo que ocurre nos es presentado en términos de una ayuda que viene, por fin, desde Bogotá. Un socorro. Una caridad. Una emergencia humanitaria que toca paliar. Que llamen a la Unidad de Desastres y que el que pueda colaborar con su granito de arena lo haga.

Ya la primera dama consiguió una camiseta de James, que será subastada. Y Martín Santos donó otra. Alabado sea Dios. Con algo de suerte, Manolo Cardona se suma a la causa. “Un gesto simbólico que representa ese país que queremos”, dijo el presidente de Fundación Éxito. Pero se quedó corto. Le faltó. Pues ese no sólo es el país que queremos sino el que ya tenemos. Niños wayuus se mueren de hambre y toca esperar a que el buen corazoncito del sector privado y la familia presidencial intervengan.

El verdadero Estado, entre tanto, la tiene más fácil: el hambre viene con la naturaleza. Con el fenómeno del Niño. Es el desierto. Es la violencia de la sequía. Que llamen a la Cruz Roja. Que saquen los bomberos. Esto es una tragedia.

 

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