Por: Oscar Guardiola-Rivera

Un grito de dolor

Cuando se escucha a los periodistas de los medios corrientes repetir aquello de “elecciones fraudulentas”, “renuncia” o “demasiado tiempo en el poder” solo caben dos actitudes: “gritar” como sugiere la excelente pensadora María Aristodemou. O sonreír con cortesía e informar al opinador que o no tiene la menor idea de lo que está hablando o a sabiendas de lo que se trata actúa como si ello no importase. Es lo que hacen quienes nos creen tontos y nos tratan como tales. Dicen que lo sucedido afirma la democracia y la voluntad del pueblo. Por supuesto que los golpes no suceden sin la voluntad de muchos entre “el pueblo”. Luis Fernando Camacho, el Macho Camacho y Bolsonaro de Bolivia como le dicen en su país, puede afirmar que él representa al pueblo. En efecto, le recibieron en La Paz grupos que incluyen a campesinos e indígenas. Hasta se puso hojas de coca al cuello para parecer menos blanco, menos fundamentalista, menos fóbico, menos clasista. Más auténtico. Acto seguido, los suyos destrozaron la whipala y en su lugar él puso una biblia. Es lo que hacen los fascistas de ayer y sus derivados de hoy: enmascarar de pueblo su 1% supremacista y fóbico odio de clase.Nada como dividir al pueblo contra sí mismo para acallarlo a sangre y fuego en el nombre de Dios. Por supuesto, cuando tienen lugar los conflictos miembros de una clase oprimida pueden levantarse contra los suyos. Por supuesto, un indígena puede tener razones para estar en desacuerdo con un líder que provenga de los suyos y hasta justificar para bien o mal una alianza con gente como Camacho. Y repetir hasta la saciedad “elecciones fraudulentas”, “renuncia” o aquello de que “no se debe fetichizar a la izquierda latinoamericana”. ¿Por qué no? Creer lo contrario es repetir clichés que son ellos mismos clasistas. Pero podemos apostar que Camacho no saldrá en su defensa cuando vengan por ellos, cuando les quiten lo poco o mucho que se ha logrado. ¿Fetiche? El papel de la OEA es por lo menos cuestionable. No es un observador imparcial, como lo demuestra su comportamiento pasado en los comicios haitianos. Cabe entonces contrastar sus reportes con, digamos, el del Center for Economic and Policy Research en Washington. Este último demuestra de manera concluyente que los resultados parciales ya predecían un resultado bien cercano al final. Las matemáticas no mienten, ¿pero acaso les interesa la verdad? ¿No basta invocar la voluntad del pueblo? Solo que la voluntad de muchos no es lo mismo que la voluntad general. Hay quienes en las Américas desean arrastrarnos de regreso a los oscuros años Cóndor, gritando de dolor. Por lo menos exijamos el coraje de llamar las cosas por su nombre. Esto es un golpe. Y los dedos de Washington están por todas partes, así puedan ocultar sus huellas.

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