Sombrero de mago

Un guiñol sin cuarentena

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Es todo un chiste el caballero. Más que un reyecito de burlas, es un meme. No alcanza la categoría de bufón, que los ha habido muy inteligentes y dotados de alta gracia. Dice el loco que sale a correr por las cornisas, incluso en tiempos de pandemia, que resultó más “tapado” que un candidato de esos que cada rato proponen para ocupar puestos como “segundos cargos”, o alguna diplomatura. Dicen también los obreros de las fábricas de ingenio que, si no fuese por la dolorosa situación de la mayoría que por él es mandada y maltratada, era para jugar todo el día al materile: “Y qué nombre le pondremos…”.

“Uno no sabe si es bobo o se hace”, se ha escuchado decir. No entremos en esa disquisición que requiere hondas filosofías y razonamientos cartesianos, mejor dicho, urgiríamos dos o tres Spinozas, Kants y otros cabeciduros que ayuden al discernimiento. Quién ese que se ha dedicado en los tiempos coronavirales a fungir como presentador de la televisora, a monologar como un desahuciado de manicomio frente a las cámaras, y a proteger con sus medidas, que ni un sastre de los que había en el desaparecido barrio Guanteros de Medellín, lo igualaría en conversa y metro, sí, quién es ese señor (así dicen que dijo una niñita espantada frente a la pantalla, como en tiempos de Fahrenheit 451) cuyas inclinaciones de su desbalanceado mandato han sido para dinamizar a los misérrimos dueños de los bancos.

Qué alma generosa. Muy caritativo con los amos de las bancas, que no las del parque, que ya esas ni siquiera sirven para los destechados ni los habitantes de calle. Es un salvador, un querube, un milagroso con los que todavía desde hace años, cuando otro (dicen que este resultó más bobote que aquel) se dedicó a proteger dizque por unos días a los desbarajustados bancos con un impuesto del cuatro por mil que se quedó a perpetuidad.

No le cabe lo de alma de dios, ni siquiera la de algún banco que le está poniendo el alma a sus transacciones, sino, quizá, la de desalmado, pero eso no suena bien. No le cabe tal calificación a un sujeto (sin predicado, sin verbo) tan angélico. Cómo se atreven algunos a decir que por estas jornadas apestosas hemos caído en una “dictadura civil”. Qué va. El hombre que no ha podido volver a patear un balón, porque ya ni siquiera hay recochas futboleras, se ha dedicado al salvamento de empresas grandotas y al hundimiento de las industrias nacionales, cuando no hay subsidios para los agricultores, cuando no se han mitigado las desventuras de tantos que han rodado por los despeñaderos de la quiebra.

Qué dictadura va a ejercer alguien tan inocentón y “aconductado”, que recibe órdenes sin chistar, qué tal que se ponga a medio alzar la vocecita contra el amo (el criollo y el de afuera, al que llaman el orangután blanco), sí, dicen y digo, que ha servido como una marioneta desabrida al patroncito de aquí (al que señalan tantos como un buen descuartizador), y al patronsote de las extranjas (en trance de reelección). Es solo un acólito, que ni siquiera trae ni lleva hostias ni sabe sonar el campanil, labor más de sacristanes.

Ha montado, en la virtualidad, un congreso de bolsillo. Se ha hecho el bobo (si no es que ya lo era de nacimiento, como advierten las lenguas viperinas en las legumbrerías), como su amigote nombrado en la Fiscalía, con la tal ñeñepolítica, que son las músicas acordeoneras del fraude electoral y ha hecho la vista gorda (no se sabe por qué no se dice vista flaca) con los comportamientos de militares violadores y con la admisión de otros violadores que son parte de la soldadesca gringa que viene dizque a combatir el narcotráfico, cuando puede ser, más bien, a organizarlo a su modo y acomodo.

Se dice que, con todas sus medidas para favorecer a los que no requerirían ningún favor, ha dado pábulo para la ingeniosidad popular. Al menos, un respiro para las desgracias de las mayorías que sufren inequidad, hambrunas, despojos, persecuciones, desamparos y no sigamos con el catálogo de despropósitos. No acabaríamos. Y entonces solo nos queda la risa como un descansadero en el desierto.

El señor que funge de presidente, otros le ponen el prefijo “sub”, no faltan los que lo llaman pusilánime y muñeco de ventrílocuo (que quieren desprestigiar las barrigas hablantes), es un alimentador de una ciencia infusa colombiana: la chistología. Parece, y sería motivo de investigación en cultura popular, que le ha ganado en inspiración risueña al presidente del Estatuto de Seguridad, que es bastante decir.

Mejor dicho, como dicen en la lleca, les está yendo mejor a los perros en misa, porque ya no hay misas, que al presentador-mandatario. Mi vecina, sin embargo, afirma que lo quiere tanto porque se parece a un hijo bobo que ella tuvo.

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