Por: Piedad Bonnett

Un hermoso testimonio

Entre los libros que he escrito hay uno que me resulta especialmente entrañable: se trata de Imaginación y oficio, conversaciones con seis poetas colombianos, un compendio de entrevistas que nació gracias a una beca del Ministerio de Cultura que me fue otorgada en 1988 y que la Universidad de Antioquia publicó mucho después, en 2003. El lector de Imaginación y oficio puede, mientras lee, “oír” la voz de Fernando Charry Lara, Giovanni Quessep, Juan Manuel Roca, Darío Jaramillo, José Manuel Arango y Rogelio Echavarría, poetas inmensos y definitivos en la historia de la poesía colombiana.

El valor de este libro no reside tanto en las preguntas, que apenas conducen estas largas entrevistas —de más o menos 40 páginas cada una—, sino en que en sus respuestas aflora la personalidad de cada uno de estos escritores, su humor y la forma personalísima de su lenguaje. Charry se nos evidencia como lo que fue: un bogotano integral, parco y elegante, agudo, escéptico, de un humor ácido y mirada hipercrítica; Giovanni Quessep, en cambio, se acerca mucho a la imagen arquetípica del poeta soñador, contemplativo; ajeno a la extroversión que solemos presuponer en los habitantes de la Costa, es, sin embargo, un gran conversador y contador de historias; de Roca vemos su rapidez mental, su gusto por el calambur, su amplio marco de referencias culturales; Darío Jaramillo, por su parte, se revela como un hombre que convive serenamente con su soledad, que adora el confinamiento que le permite crear, y que es, a la vez, paradójicamente, estoico y gocetas, frío pero también capaz de calidez y muy amigo de sus amigos; José Manuel Arango era un hombre de montaña, de pocas palabras, nudoso, escueto, muy tímido, un ser entrañable, adorador de la naturaleza. Tristemente, murió antes de que este libro viera la luz; y, finalmente, Rogelio Echavarría, también hoy desaparecido, se muestra como una persona gentil, bondadosa, llena de anécdotas, sentimental pero también irónico.

Todos ellos relatan de qué medio vienen, qué los marcó en su infancia, cómo se relacionaron con la lectura y se hicieron escritores, qué educación recibieron, qué es para ellos la poesía, qué autores aman. Y, leyéndolos, vemos claramente la Colombia en la que crecieron: la que se abría a la modernidad, lastrada desde siempre por la violencia. Sus voces están llenas de anécdotas tristes, dramáticas, hilarantes. Jamás caen en pesadeces teóricas: para ellos, la poesía es un oficio vivo, una pasión sobre la cual, sin embargo, también pueden razonar.

Hace unos pocos años, cuando mi contrato con la Universidad de Antioquia estaba por expirar, tuve la peregrina idea de donar este libro —renunciando a derechos y regalías— a la Universidad de los Andes, donde pasé media vida. Como desgraciadamente también las universidades pueden volverse a veces lugares burocráticos, me respondieron que no les interesaba, al menos mientras no actualizara las entrevistas. No era una tarea que quisiera hacer, pero además resultaba imposible: ya para ese momento dos de los seis poetas habían muerto. Por fortuna, el libro vuelve a ver la luz en esta feria, en una segunda edición muy cuidada, otra vez gracias a la Universidad de Antioquia. Verán que es un hermoso testimonio.

 

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