Por: Julio César Londoño

Un hombre de fe y razón

DOCTOR DE LA IGLESIA, PATRÓN DE las escuelas y universidades católicas, consejero de tres papas, creador del tomismo y faro de la filosofía escolástica, Santo Tomás de Aquino es uno de los pensadores más importantes de la historia de la filosofía.

Nació en Roccasecca, Italia, en 1225, y a los once años ya estudiaba en la Universidad de Nápoles. A los dieciséis años decidió ser sacerdote dominico, una orden nueva, pobre y mendicante. Tenía un ‘pentálogo’ secreto y herético: 1. Allí donde es posible entender, es mejor entender que creer. 2. La existencia de Dios no es un hecho evidente. 3. La razón no es enemiga de la fe. 4. El camino del conocimiento es la abstracción. 5. El hombre de conocimiento depende de los sentidos y no debe esperar ninguna iluminación divina.

Con estos ‘mandamientos’, y con la Metafísica de Aristóteles, materia que le enseñó en Colonia su maestro San Alberto Magno, Santo Tomás intentó sustentar racionalmente la fe, una especie de cuadratura del círculo. Aunque fracasó, dotó a la doctrina cristiana de una consistencia interna admirable, de un sistema teológico que ha resistido los embates de siete siglos y es hoy, punto más, punto menos, la estructura central de la Iglesia.

Su tez era del color del trigo nuevo, tenía la cabeza calva y bien formada y el abdomen enorme; tanto, que a su escritorio tuvieron que sacarle un bocado para que el santo pudiera alcanzar el tintero y escribir, en un lenguaje conciso y expresivo a la vez, las sesenta obras que escribió en su corta vida: murió antes de cumplir los cincuenta.

Se sabe que no era bueno en griego, que podía dictar a varios escribas a la vez, que fue condiscípulo de San Buenaventura, que nunca se pronunció sobre las cruzadas, la empresa religiosa más importante de su tiempo, y que combatió el panteísmo de Averroes, el traductor árabe de Aristóteles, y su afirmación de que todos los hombres compartían la misma alma.

Debe su gloria a la Suma teológica, obra que definía como un manual de doctrina cristiana para estudiantes. En realidad es la vulgata de la Iglesia, una catedral de papel que consta de veinticinco tomos. Las preguntas que allí se formulan son variadas y sorprendentes: ¿La eternidad es algo diferente del tiempo? ¿La luz es un cuerpo o una cualidad de los cuerpos? ¿La verdad está en las cosas mismas o en la inteligencia? ¿Las imágenes entran o salen del ojo? ¿Es predecible el futuro? ¿Anula la voluntad divina el libre albedrío? ¿Qué es el destino? ¿Es pecado prestar dinero a interés? ¿Influyen los astros en los actos humanos? ¿Hay guerras justas?

La Suma teológica quedó inconclusa. Un día decidió suspenderla sin explicaciones. A los que lo interrogaban les respondía con evasivas. Cuando lo acosaron, confesó que había comprendido en un éxtasis que todo lo que había escrito carecía de valor.

¿Qué le dijo Dios a su Tomás? Tal vez fue algo sencillo e intraducible, como el sabor del agua; o algo breve y perfecto, como un huevo; o algo cruel, al estilo del duro Dios del Antiguo Testamento: “No te apures, Tomás, porque nunca alcanzarás la estatura de San Agustín”.

Poco después la muerte lo sorprendió peregrinando en el camino hacia Lyon. Iba invitado por el papa Gregorio X al concilio que se celebraría en esa ciudad para buscar la unión de las iglesias griega y romana.

Para Marx, Santo Tomás es un símbolo de la cara más retrógrada de la Iglesia. Para Lutero, era “un bufón que ha descarriado la Iglesia”. Para G. K. Chesterton, el cerebro más lúcido de la cristiandad: “Es un santo que comparte con San Francisco de Asís la gloria de haber cristianizado el cristianismo: San Francisco lo logró por la fuerza del amor; Santo Tomás, por los caminos de la razón”.

 

 

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