Por: Juan Carlos Gómez

Un homenaje a Marconi

A finales del siglo XIX Heinrich Hertz logró demostrar la teoría de James Maxwell  sobre la propagación de las ondas electromagnéticas generadas por una corriente eléctrica, gracias a lo cual la comunidad científica honró con su nombre a las ondas hertzianas y al hercio (Hz), la unidad de medida de las frecuencias radioeléctricas.

Hertz murió a sus 36 años y no alcanzó a conocer la aplicación práctica de su descubrimiento. Inventados ya el telégrafo y el teléfono, no parecía útil una telegrafía sin hilos. Faltaba un genio…o un advenedizo, según Donald Cardwell.

Ese fue el joven y millonario italiano Guglielmo Marconi quien, mediante la utilización de grandes antenas, logró que, a través de las ondas hertzianas, se pudieran cursar comunicaciones En 1896 registró la primera  patente de radio de la historia y emitió acciones de su compañía, las cuales se vendieron como pan caliente en la bolsa de Londres, pues el nuevo invento se convertiría en una herramienta imprescindible  para la navegación marítima, justo cuanto estaba en su apogeo la Primera Guerra Mundial.

Marconi como genio y venerado empresario iba de lado a lado del Atlántico, muy al estilo de los actuales emprendedores de Silicon Valley. En 1909 compartió con el Karl Ferdinand el premio Nobel de Física en 1909.

Marconi fue un entusiasta del imperialismo italiano en África. En una foto de la época se le ve con su uniforme del ejercito de la Armada italiana en donde obtuvo el grado de teniente. Su admiración a Mussolini no fue óbice para que Franklin D. Roosevelt lo encumbrara -junto con Galileo, Dante y Miguel Ángel- como una de los mejores hijos de Italia.

80 años después de su muerte, en homenaje a Marconi hay que recordar que no existe ninguna razón para que el Estado se apropiara de las frecuencias radioeléctricas y las convirtiera en un “bien público” que en realidad no existe. Es como ser dueño de la luz o de las notas musicales. Esa “propiedad” sobre el espectro le sirve a los gobiernos para crear una escasez artificial que va en contra del bienestar de los usuarios y distorsiona la competencia. 

 

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