Por: Gustavo Páez Escobar

Un hueco en el camino

Michel Dayana Barrera, de dos años de edad, caminaba con su madre por una calle del centro de Bogotá y de pronto vio una paloma y se fue detrás de ella. La paloma de la dulzura.

Se me ocurre pensar que esa era la paloma de la paz, que se le aparecía a la pequeña con un mensaje de bienandanza para Colombia, que tanto necesitamos en estos momentos de confusión, de violencia, ira y rencor. 

Pero no. Era la paloma de la fatalidad. Un hueco se abrió en el camino, y por allí se fue el cuerpo frágil de Michel Dayana, ante la mirada de terror de su madre. Se trataba de una alcantarilla a la que el abominable vandalismo le había robado la tapa para venderla, por unos pocos pesos, a las mafias de reducidores que hacen de las suyas bajo el amparo de la impunidad. 

¿Cuánto tiempo llevaba sin tapa aquella alcantarilla que en minutos segó la vida de este ángel inocente que, pretendiendo alcanzar a la paloma –como se va detrás de  una ilusión–, se encontró con la muerte en la corriente subterránea del río San Francisco? Varios días, se supone. Nadie lo sabe, y esto ya no le importa a la gente, ni impresiona a las autoridades, pues innumerables sitios de la ciudad permanecen en el mismo estado, por días y días. Lo común es ver las alcantarillas abiertas, que destrozan a los vehículos y atrapan a las personas. Faltaba que muriera una niña.    

Cambiar las tapas se volvió un asunto de rutina. Tan rutinario, que la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá tiene abierto en su presupuesto un rubro crecido para atender este latrocinio habitual, de todos los días y todas las horas. En Bogotá desaparecen cinco tapas diarias en promedio. En lo corrido del año van 1.400 tapas, cuya reposición tiene un costo de 500 millones de pesos. 

Cuantas veces se aborda este tema, se dice que reprimir el robo es muy difícil. Es increíble que en tantos años de vigencia de este crimen callejero no se haya buscado un medio efectivo para ponerle coto a la situación. Medellín sí lo hizo. Allí no se ven alcantarillas abiertas y tampoco un hueco en el pavimento. ¿Por qué lo logra la capital antioqueña, mientras la capital del país vive con los brazos atados? Si las tapas terminan en manos de los reducidores, ¿por qué nunca se ha sabido de un golpe certero a estas bandas? 

La respuesta es obvia: lo que falta en la capital del país es eficiencia administrativa. Falta mayor acción policial para descubrir y castigar a los traficantes en grande de este mercado monstruoso. Bogotá toda es un hueco. No se trata solo de las tapas que desaparecen todos los días, sino de los cráteres de la malla vial que hacen insufrible la vida capitalina. Este inmenso hueco, este vacío de autoridad, es el que permite las alcantarillas abiertas y tiene destrozada a la ciudad.

El fenómeno de las tapas es nacional. Otras ciudades, como Ibagué, Bucaramanga, Pereira y Cali, sufren el mismo lastre. La consigna, ante el drama desgarrador de Michel Dayana, debe consistir en desplegar una batalla vigorosa contra los reducidores. Pero que esto no suceda solo porque el país ha levantado su voz de alarma y de rechazo ante la ineficiencia, sino porque eso es lo que corresponde hacer dentro del sano ejercicio de la autoridad. 

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