Por: Felipe Restrepo Pombo

Un impostor

¿VALE LA PENA HABLAR, UNA VEZ MÁS, de Andrés Felipe Arias? Sí, porque en Colombia, donde la impunidad no tiene límites, sigue siendo una figura relevante en la política nacional:

un hombre cuestionado hasta el cansancio que, en lugar de estar ante la justicia, tiene serias opciones de ocupar un cargo importante en los próximos años. Y más ahora, cuando el presidente Álvaro Uribe dijo en una entrevista que era su “copia mejorada”.

El Presidente no dijo que fuera su heredero o su sucesor. Lo llamó su “copia mejorada”. Ya en muchas ocasiones se ha puesto en evidencia el patético afán de Arias por imitar a su jefe —en las ideas, en el tono de voz, en el acento, en el peinado e incluso en los anteojos— y hasta los medios se refieren a él, ya sin pudor, como “Uribito”. Pero nunca antes el Presidente había dicho que Arias fuera su imitador.

El capital político de Arias es la lambonería. Él no lo desmiente. Al contrario: lo repite sin parar. Durante los debates ha dicho que la gente tendría que votar por él porque es el único que “jamás traicionará, enfrentará ni contradecirá” a Uribe. Todos los candidatos prometen que retomarán los logros del Presidente, pero ninguno ha llegado tan lejos: sugerir el servilismo absoluto como plataforma de gobierno.

Además de copiar, a Arias le gusta conservar. Desde que saltó a las toldas del Partido Conservador —en un triste acto de oportunismo político— utiliza ese verbo sin parar. Dice que cuando sea elegido presidente conservará la esencia del gobierno de Uribe: es decir, ese esquema maniqueo que divide al país en comunistas y capitalistas o patriotas y guerrilleros. Y para probar su convicción conservadora escogió como escuderos a Fernando Londoño y a Enrique Gómez. Cada quien tiene derecho a hacer sus alianzas, claro. Pero no deja de ser sorprendente que un hombre joven —tiene 36 años— tenga como principales consejeros a dos dinosaurios olvidados que representan a la derecha más rancia y retrógrada de Colombia.

Pero, sorprendentemente, esto no es lo peor. La corta carrera política de Arias ha estado salpicada de escándalos de corrupción. Como Ministro de Agricultura tuvo que responder por el caso Carimagua; como ex ministro fue cuestionado por el escándalo de Agro Ingreso Seguro; y como precandidato presidencial ha sido acusado de financiar ilegalmente su campaña. Es decir: al contrario de lo que dice —“No tengo una sola tacha, una sola mácula, una sola glosa en mi hoja de vida”— su vida pública es una macha negra que no para de esparcirse. Nunca ha respondido de manera convincente a las acusaciones. Como ocurrió hace unas semanas, cuando el periodista Daniel Coronell lo confrontó en radio: ante las pruebas precisas, Arias evadía las explicaciones y llegó, en su inmenso cinismo, a intentar ensuciar la imagen del periodista con un documento que “de pronto puede ser falso”. Ha ocurrido varias veces: la única respuesta recurrente que tiene Arias a su propio desastre es esa sonrisita cínica que se ha incrustado en su cara de monaguillo.

Lo más preocupante de que este hombre sea la figura política más relevante de su generación es que representa a una clase cegada por el poder, a la que no le importa saltarse las leyes para su propio beneficio o utilizar recursos públicos para castigar a sus enemigos y premiar a sus amigos. Y que la impostura sea su única propuesta: es la copia, minimizada, de un modelo original defectuoso.

Hace unos días se supo que el ex ministro había olvidado inscribir su cédula y que tal vez no podría votar en la consulta conservadora. Quizá fue un olvido voluntario: tal vez Andrés Felipe Arias todavía tiene un poco de decencia y no se atreve a votar por un candidato tan malo como él mismo.

 

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