Por: Julio César Londoño

Un instrumento mínimo y fenicio

LOS SEMIÓLOGOS ENTIENDEN POR “lenguaje” un abigarrado conjunto de sucesos: las danzas de galanteo de los animales, las modas y el maquillaje, los signos del tránsito y la señalización interior de los edificios, las banderas de la marina, el cine, la arquitectura, la pantomima y los gestos (esas abreviaturas) son lenguajes.

Y como pueden ser leídos son considerados “escritura”, pero aquí me limitaré a usar este vocablo en su sentido recto: palabra escrita.

Aunque admirable, el lenguaje oral es también natural, inevitable casi. Podemos imaginar, en el principio, los matices del gruñido, los balbuceos ya articulados, las onomatopeyas, la risa, los juegos de la boca... y por fin el día luminoso de la palabra clara y distinta, y luego los idiomas, esas obras de los pueblos que contienen en potencia todos los poemas y todas las plegarias y todas las canciones.

Extraordinario, sí, pero humano, concebible. El lenguaje escrito, en cambio, más parece obra de dioses que de hombres. Al principio, es decir, en algún momento del cuarto milenio a.C., la escritura fue pictográfica: el agua era una onda, el Sol un círculo, la paloma una paloma. Era eficaz para nombrar sustantivos concretos y registrar anales en un estilo lacónico y forzosamente elíptico; ahí terminaba su poder.

Aunque parece obvio pensar que el lenguaje oral precedió a la aparición de la escritura, pudo suceder que fueran creaciones simultáneas: imaginemos un primitivo que trata, en uno de los últimos días de la prehistoria, de describir a sus amigos un pájaro extraño, sin nombre aún, que lo ha sorprendido esa mañana. Quizás intente traducirlo en palabras, pero su léxico es precario, y además las descripciones no son (ni serán) el fuerte de la especie. Entonces se agacha y dibuja con el dedo en la tierra un pictograma que todavía no tiene equivalente oral, que se ha anticipado al lenguaje.

Estamos ahora al final de la historia, vivimos en el ápice de esa curva que va de la edad de piedra a los años del plástico y el silicio, nuestro vocabulario es infinitamente más rico y preciso, pero aún hoy el lápiz y el papel son complementos frecuentes de la conversación.

Hacia el año 2500 a.C. los egipcios simplificaron sus signos (la pereza es inventiva): de la paloma sólo quedó una pata, del Sol un punto, del faraón el cetro. Era una escritura jeroglífica o simbólica. Fue un salto magnífico porque con el símbolo nació la metáfora (ya una cosa podía significar otra distinta) y el lenguaje se hizo elocuente y poderoso. Ahora, un egipcio podía escribir: “La muerte es la sombra de la vida” (inscripción grabada en el dintel de una cámara de la pirámide de Keops).

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño

Balas o libros

Placeres plásticos

Sobre las objeciones de ciertas conciencias

La Historia según Caballero

Duque, 30 días