Por: Elisabeth Ungar Bleier

Un lamento por los partidos políticos

El fin de semana pasado se realizaron en el país las consultas internas de tres partidos políticos: el Polo Democrático, el Partido Verde y el movimiento Mira.

 En dichas consultas participaron cerca de 500.000 personas, de un censo de más de siete millones de ciudadanos habilitados. De éstos, alrededor de la mitad eran del Mira, que se ha caracterizado por la disciplina de sus militantes en los diferentes escenarios donde hacen presencia.

Si bien la bajísima participación no es muy sorpresiva, dados los antecedentes de este tipo de ejercicios, sí debe ser motivo de preocupación y reflexión, no solamente dentro de estas colectividades, sino en general por todos los partidos y movimientos políticos, del Gobierno y de los ciudadanos en general.

El principal argumento que han esgrimido los críticos de las consultas es la desproporción entre su costo —$35 mil millones, según las autoridades electorales— y los resultados. Sin duda esto es cierto, pero este es simplemente el síntoma de una enfermedad mucho más grave.

Definitivamente, los que están enfermos son el sistema de partidos y los partidos políticos en Colombia. A pesar de varios intentos realizados en el pasado para fortalecer a los partidos y movimientos políticos, muchas de estas reformas se han quedado en el papel, no se cumplen, pero sobre todo no han tocado los problemas de fondo: el clientelismo y la avidez burocrática de sus dirigentes y miembros; la precariedad y el transfuguismo programático, que les permite a los partidos pasar del apoyo irrestricto de un gobierno a otro sin importar las diferencias que en su visión de país puedan separarlos; la conformación de alianzas multipartidistas en las que se diluyen las identidades partidistas; la poca o nula rendición de cuentas de los partidos a los electores; la aparente indiferencia de los directivos frente a los hechos de corrupción y a otros delitos en los que han incurrido algunos de los que fueron elegidos en su nombre; y la inveterada costumbre de los miembros de los cuerpos colegiados de ejercer su función electoral —por ejemplo para elegir defensor del Pueblo o procurador general— anteponiendo sus conveniencias personales, para mencionar sólo algunos.

Es claro que se requieren reformas de fondo tanto en el sistema electoral como en los partidos para que éstos se fortalezcan y se democraticen. Ojalá que el Código Electoral que el Gobierno va a presentar al Congreso aboque estos temas estructurales. Mientras tanto, un buen comienzo es cumplir algunas normas elementales de transparencia y rendición de cuentas, como por ejemplo que todas las votaciones en los concejos, las asambleas y el Congreso sean nominales y públicas, y que las declaraciones de bienes y rentas y las de conflictos de intereses de los elegidos se publiquen y actualicen periódicamente, para que todos los ciudadanos puedan tener acceso a esta información. Este es un paso necesario y fundamental para que los ciudadanos recuperen la confianza en los partidos políticos y en quienes los representan, y por esta vía se fortalezca la democracia. De lo contrario, aquellos seguirán siendo vistos como la caja de resonancia de intereses particulares de los políticos.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Elisabeth Ungar Bleier

Insólito

¿Por qué elegir al mejor?

Las sillas vacías

Con corrupción la paz es inviable

Los jóvenes alzan la voz