Por: Santiago Montenegro

Un león herido

DESPUÉS DE HABER SIDO DIAGNOSTIcado con un glioma maligno y someterse a una cirugía para extirpar uno de los más letales cánceres cerebrales, el senador Edward Kennedy se ha reincorporado a sus tareas en el Congreso de los Estados Unidos, mientras continúa en tratamiento de quimio y radioterapia.

Su enfermedad ha revivido las leyendas, memorias y controversias de su propia trayectoria y las de su familia. Ha sido uno de los mejores senadores que ha tenido los Estados Unidos, habiendo logrado la aprobación de un impresionante número de leyes, la mayoría de ellas en temas relacionados con los sectores sociales.

Políticamente hablando, Ted Kennedy es uno de los políticos más izquierdistas de los Estados Unidos, uno de los más liberales, utilizando el lenguaje político de ese país.  En esa capacidad, se ha alineado con el ala radical de su partido, entre otras cosas, oponiéndose al TLC con Colombia y firmando durísimas cartas de congresistas demócratas y ONG dirigidas al presidente Uribe protestando por supuestas violaciones a los derechos humanos de sindicalistas colombianos.

Visto desde América Latina, el izquierdismo de Kennedy es difícil de entender porque contrasta con su enorme fortuna personal y también con su posición social, pues es miembro de una de las familias más aristocráticas de los Estados Unidos. Con razón se dice que cuando su hermano John ocupó la Casa Blanca, Estados Unidos parecía ser gobernado por una familia real que, además, sería hereditaria, pues su hermano Robert y él mismo también se colocaron en la línea de sucesión a la Presidencia.

Aunque paradójica para nosotros, esa mezcla de aristocracia e  izquierdismo de los hermanos Kennedy no es extraña en algunas familias ricas o aristocráticas de los Estados Unidos o del Reino Unido. Si bien la riqueza y aristocracia de los Kennedy es más bien la de recién llegados, su actitud política y devoción por el servicio público recuerdan más a la vieja aristocracia británica que durante mucho tiempo vivió en armas y en peligro y, además, por su estrechez de medios, tuvo que aceptar ocupaciones en el comercio y la industria, actividades consideradas innobles y vulgares por sus contrapartes al otro lado del Canal de la Mancha.

 Así, el pueblo británico llegó a respetar a una nobleza que llegó a ser definida más por sus obligaciones que por sus derechos.  Precisamente, de esa tradición se deriva la expresión la noblesse oblige.  Así también ha sido la nueva y corta aristocracia de los Kennedy, y sobre todo la de Ted, siempre impulsando la legislación social, la de protección al medio ambiente, la de defensa de las minorías, durante 46 años como senador. 

Ted Kennedy ha logrado muchos triunfos en su vida, excepto el que más ambicionó: ser nominado por su partido candidato y ser elegido a la Presidencia.  En ese sentido, quizá su mayor gloria fue en el momento de su mayor derrota.  Al perder la nominación de su partido a la Presidencia, frente a Jimmy Carter, el 12 de agosto de 1980 en el Madison Square Garden de Nueva York, Ted Kennedy pronunció un discurso que conmovió a un auditorio que lo ovacionó por más de 40 minutos. 

Después de aceptar con gallardía su derrota y reafirmar en forma desafiante sus principios liberales,  terminó con uno de los cierres más estremecedores que se hayan jamás pronunciado. Veintiocho años después, las últimas palabras de ese gran discurso continúan marcando el sendero que recorre este león hoy herido: “El trabajo continúa, la lucha sigue adelante, la esperanza aún vive y los sueños no morirán jamás”.

 

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