Por: Carolina Sanín

Un libro cerrado

CIERTO PROGRAMA DE LA RADIO NAcional, que se especializa en generar debates públicos con información licuada, se engolosinó en días pasados con la propuesta de un pastor evangélico de Florida de quemar ejemplares del Corán en conmemoración del ataque terrorista a las Torres Gemelas.

Se trata de un tema perfecto para que los medios de comunicación se recreen en su propia superficialidad: evoca una imagen espectacular (la de la quema de libros) y universalmente condenable, que da paso a un fácil consenso sin que se tenga que tocar siquiera el objeto en cuestión. Todos los locutores del programa decían con vehemencia que es condenable quemar el Corán porque es un libro que importa a muchos, y porque quemar libros es feo: lo hicieron los nazis, que fueron pésimos. Pero ni este medio —ni tampoco otros locales— han pensado en aprovechar la coyuntura para explicar qué es el Corán: cuándo se compuso, en qué lengua está escrito, qué contiene, quién lo lee, y cómo no es un manual para derribar edificios. Y eso, dejar cerrado a cal y canto un libro que alguien propone quemar, sin sentir el menor impulso por abrirlo y así arrojar luz sobre los prejuicios acerca de lo que dice, no está muy lejos de la idea de quemarlo; de hecho, es una condición para que la idea de la quema tenga lugar.

 El programa radial al que me refiero entrevistó al aire al pastor pirómano. Juiciosamente, y a manera de despedida, el entrevistador le deseó al entrevistado el fracaso en su empresa. El deseo se volvía huero, por no decir hipócrita, tras la intervención de una de las comentaristas del programa, que presentaba el Corán como el libro sagrado del islamismo –no del Islam– confundiendo así una ideología política con una religión. Pero no es éste el único ejemplo del desinterés por el conocimiento del Islam y, de paso, de la historia y las definiciones, que los periodistas nacionales exhiben al hablar de uno de los asuntos cruciales del mundo contemporáneo. En los medios se suele decir “árabes” por “musulmanes”, ignorando que árabe es todo aquel cuya lengua es el árabe, y que hay y ha habido árabes judíos, agnósticos y cristianos, como mínimo. Y en un periódico nacional leí que en lugar de “musulmanes” se usaba “mahometanos”, un término impropio que en la lucha religiosa se ha empleado para tergiversar precisamente el punto en que los musulmanes son más enfáticos: el de pertenecer a una religión monoteísta que rechaza la idea de identificar a un hombre con Dios.

 Que en un país tan periférico como Colombia se ignore de qué se habla cuando se habla del mundo árabe, del Islam, del islamismo o del Corán no afecta al mundo, por supuesto. No afecta tampoco la cotidianidad de los colombianos pues, a diferencia de lo que se pregona diariamente sobre nuestra gran diversidad (que “nos hace únicos en el planeta”, como dijera en su discurso de posesión el nuevo presidente), lo más probable es que el colombiano promedio viva toda su vida sin toparse jamás con un miembro de una religión distinta de las cristianas. Por otra parte, tampoco se espera que los medios de comunicación cumplan la función de instruir al público acerca del legado occidental (y el Corán, el Islam, el árabe y las obras musulmanas hacen parte de la cultura occidental y, en gran medida, la han formado). Lo que sí debería esperarse es que los periodistas, en virtud de su elección profesional, sintieran una curiosidad que los llevara a informarse acerca de los objetos de su discurso, más cuando estos objetos son cruciales para entender un mundo del cual aspiran a dar noticia.

 

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