Por: Juan David Ochoa

Un líder anacrónico

Pareciera que el cónclave, el ampuloso performance de la curia, el misterioso protocolo del que surge un elegido por la gracia metafísica, fuera un evento serio, importante y trascendental entre los hechos contemporáneos del mundo.

Pareciera que de él se definiera el rumbo de los nuevos tiempos, y que en el amplio marco general de los proyectos humanos, tuviera una influencia incuestionable y profunda. Nada sucede, realmente, al conocerse el nuevo nombre de la cúpula católica, salvo la idea creciente y generalizada de que estamos de nuevo ante otra más de las resurrecciones de un anacronismo.

El hombre que asciende otra vez entre la espesa blancura del humo, ungido en el misterio de los votos, sale a la ventana de san pedro a saludar su poderío, esa ovación que lo aclama idealizándolo en el máximo estatus de los liderazgos de occidente.

Y muy curioso es que sigan insistiendo en un título de líder cuando justo ahora, en los avances de la tolerancia, los fallos judiciales del mundo avalan el respeto a la diversidad (sexual, racial e ideológica). Los estados se desligan de los contubernios con los grandes caprichos del monoteísmo, la comunidad LGBT se inicia en el goce de existir en la legalidad del matrimonio, y las mujeres empiezan a ascender entre las puertas constitucionales que les permiten decidir sobre sus vidas y sus cuerpos. El mundo extiende su visión sobre los amplios horizontes del hombre y en la ley lo empieza a defender de la sevicia religiosa que lo sigue concibiendo aún como un esclavo de su moralismo.

Si a Jorge Mario Bergoglio lo quieren inscribir en el estatus de un líder, no lo será en la realidad de un hemisferio apenas despertado en los principios de la sensatez, lo será en los sedimentos de una empresa peligrosa y retardada que ante todo el acelere racional de la legalidad sigue insistiendo en su imponencia excluyente, en sus impulsos inquisitoriales de extinguir todo vestigio de contradicción o lógica. Porque siguen soportando su discurso en una militancia de verdades infundadas, y porque siguen defendiendo sus bancos engrosados en la idea de un edén incuestionable.
Aunque intenten adaptarse ambiguamente a los eventos del siglo, van a aferrarse a sus caprichos antiguos, se negarán a permitir que las ideas liberales y autónomas penetren la conciencia de sus siervos. Saben que así la historia de su imperio se reduciría al polvo irremediablemente.

Hubo un tiempo en que tuvieron el poder para para dictar las interpretaciones subjetivas del mundo, para imponer un reglamento y reemplazar a la justicia en sus esquemas demenciales de tortura. Lo hicieron desde el día fatal en que el hambriento Constantino hizo el negocio de la historia con esta religión que en ese entonces era pobre y común como las mil religiones del milenio. Hoy sus paradigmas son arcaicos y alcanzan los límites del crimen. Se atreven a juzgar la sanidad de los preservativos como un juego del demonio siendo cómplices de la catástrofe mundial del VIH, se niegan a aceptar las nuevas rutas de la ciencia en su pausado entendimiento del cosmos, y en sus tronos jerárquicos excluyen aún a la mujer en una sórdida simbología discriminatoria.

Ya no les creemos. Su obsoleta soberbia de falacias se desploma aceleradamente sobre un mundo que aprende a tolerar las diferencias sin el canon del prejuicio, sin el yugo amenazante, fuera del látigo del miedo y de la sombra del confesionario. Aprendemos a existir sin sus venganzas, iniciamos la confianza racional en los estados laicos, empezamos a crear sin el pavor a la succión de sus incendios.

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