Por: Santiago Montenegro

Un llamado a la cautela

Hace bien Eduardo Posada Carbó en llamar la atención en contra de las exageraciones a la hora de caracterizar los momentos que vive el país.

Después de todo, es un historiador que tiene la visión de Colombia en el largo plazo y, como pocos, ha estudiado nuestra historia desde el siglo XIX y conoce muy bien los altos y bajos del país. Cuando muchos analistas del interior y del exterior definían hace una década a Colombia como un “país fallido”, liderados por el Council on Foreign Relations, sin desconocer los problemas y debilidades, Posada argumentó sobre los frágiles supuestos en los que se basaba dicha caracterización. Un país es mucho más que sus indicadores contemporáneos, por buenos o malos que ellos sean. Es, sobre todo, su historia, y la nuestra también se sustenta en la fortaleza de las instituciones liberales, en una fuerte tradición legalista y en el arraigo de las costumbres democráticas. No sobra decir que el tiempo le ha dado la razón, al punto de que ha comenzado a hacer un llamado de atención sobre el fenómeno opuesto. Sobre el peligro de exagerar unas supuestas virtudes y características de Colombia, al hecho que algunos comienzan a hablar de un país modelo. Jamás hemos sido un país fallido, pero, por más que hayan mejorado la economía y la seguridad, Colombia enfrenta enormes problemas cuya solución requerirá muchos años de esfuerzo y perseverancia. Hay áreas en las que se ha progresado, se han hecho las cosas bien, pero no existen razones objetivas para definir a Colombia como país modelo para el mundo.

Algunos podrán argumentar que dichas definiciones no importan, que, después de todo, son sólo semántica. Se equivocan. El universo de las estructuras abstractas del lenguaje descriptivo y argumentativo —el lenguaje humano— no es un mero reflejo de los universos físicos y subjetivos. Sin coartarnos nuestra libertad, tiene una existencia autónoma, se reproduce, genera significados y, por lo tanto, nos influye y, en gran medida, nos controla.

Cuando a Colombia se la definía como país fallido, se acentuó la narrativa del miserabilismo y de la fracasomanía, de una sociedad condenada a ciclos sucesivos de cien años de soledad, violencia y mediocridad. Fue la época en que miles de profesionales con sus familias abandonaron el país, acentuando una crisis que, sin duda, era real. Hoy no podemos caer en el fenómeno opuesto. No podemos creer que todo está, no sólo arreglado, sino que somos un modelo para América Latina y para el mundo. Esta narrativa da lugar a la complacencia, a la idea de que no hay necesidad de realizar reformas estructurales, cuando no a la arrogancia. Colombia no puede ser un país modelo con la baja calidad de la educación, con las pésimas carreteras, con la enorme desigualdad o con los niveles de inseguridad que aún mantenemos. Es cierto que la tasa de homicidios cayó la década pasada de un nivel de 70 a 32 por cien mil habitantes, pero dicho nivel sigue siendo monstruosamente alto. No sólo duplica el nivel que tiene México, con sus masacres, fosas comunes y decapitados. De acuerdo a ese indicador, somos el séptimo país más violento del mundo. El llamado de atención de Posada Carbó nos debe conducir a trabajar más, a construir sobre las cosas buenas del pasado, a introducir reformas sin esperar a otra crisis que las hace, no sólo inevitables, sino particularmente dolorosas. Es un llamado a aprender de los errores del pasado, para no repetirlos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Santiago Montenegro

La informalidad, ¿qué hacer?

Para combatir la corrupción

El sesgo de selección

Diálogo y pacto

7 de agosto de 2019