Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Un mal aniversario

No sé cuántos lectores recordarán que estas elecciones regionales se llevarán a cabo a los diez años de firmado el pacto de Ralito.

El pacto no fue un episodio menor y revela bastante bien la dinámica de crecimiento de las autodefensas: no sólo numérica, sino en estructura, en división del trabajo, en capacidad de atraer capas intelectuales. Su consigna de “refundación de la patria”, de reconstruir de cero un país en crisis, recorría desde hacía tiempo al subcontinente como el proverbial fantasma —ustedes la encontrarán cumpliendo un papel guía en el Perú de Fujimori, en la Venezuela de Chávez, un poco después en el Ecuador de Correa— y revela hasta qué punto los paramilitares habían sido capaces de adoptar ideas que circulaban vigorosamente en el mundo de la legalidad.

Esta adopción no tenía nada de casual. En la reunión estuvieron generosamente representados unos partidos específicos —me referiré al tema en un futuro inmediato— y unas capas sociales concretas, alrededor de las cuales se construye el poder regional en Colombia. No sobra recordar que hay abundante documentación que muestra que en otras reuniones semejantes estuvieron presentes figuras análogas, que compartían, aunque no monopolizaban, una asociación de larga data con el entorno paramilitar. Todavía se discute cuántos de los asistentes atendieron la “invitación” de Mancuso y los suyos con un fusil en el pecho, y cuántos fueron por entusiasmo ideológico o por complicidad; se trata de un debate importante y válido. Pero hay que responder paralelamente otra pregunta, más dura y más sombría: ¿hasta qué punto han obtenido los firmantes del pacto sus objetivos?

En principio, la pregunta parecería injusta con la institucionalidad del país. Dudo que haya otro lugar en el mundo en donde se haya enviado a la cárcel de manera tan consistente a tantos criminales con poder político real. ¿Cuántos parlamentarios están en la sombra? Más de sesenta. No hay que conformarse: faltan muchos, varios de los que han sido capturados gozan de condenas livianas en relación con la dimensión e implicaciones de sus delitos, y hay algunos que salen y entran de la cárcel como Juan Carlos por su casa. Aún así, todo el episodio de la parapolítica revela una genuina densidad institucional, y la capacidad de redes de ciudadanos, funcionarios y líderes políticos de producir resultados fundamentales para el país. La otra cara de la moneda es que el cáncer llegó muy, muy lejos; en realidad, en un sentido bastante literal, hizo metástasis. La coalición que encarnaban los paramilitares, y su modelo de gobierno, avanzaron mucho en la conquista del poder regional. Durante el gobierno de Uribe estuvieron oficialmente también en la coalición de gobierno nacional; como lo demostré con datos sencillos en la introducción del libro sobre el tema editado y coordinado por Claudia López, había en el uribismo un claro sesgo pro-para-política (perdón por la acumulación de prefijos, pero en el contexto de esta discusión los pecados gramaticales son veniales). Esto, por supuesto, no es parte de una conseja de corredor, sino algo público y muy documentado, que se puede respaldar con cifras y con declaraciones. “Mientras no estén en la cárcel, voten por mí”.

Así pues, ¿qué tanto han avanzado los firmantes del pacto en la obtención de sus objetivos reales? No creo que haya una respuesta definitiva. Como fuere, esto se puede discutir interminablemente en el papel. Pero también hay que debatirlo en las urnas. Basta con no votar por los que están involucrados con las fuerzas que quisieron refundar al país a su imagen y semejanza.

 

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