Por: Weildler Guerra

Un mal whisky

En el convulsionado escenario de las guerras de independencia hispanoamericanas se concibieron empresas que tuvieron una singular mezcla de idealismo político y oportunismo económico. Una figura que podemos asociar de manera recurrente con este tipo de proyectos es el oficial escocés Gregor MacGregor. En este año en que conmemoramos la Batalla de Boyacá, es oportuno examinar las diversas formas de participación de los grupos extranjeros en nuestro proceso de independencia por medio de eventos que también cumplen 200 años, como lo fue el trágico desembarco de las tropas europeas bajo su mando en Riohacha en octubre de 1819.

MacGregor, quien estaba casado en segundas nupcias con una pariente de Bolívar, fue un entusiasta reclutador de colonos y soldados europeos para participar en nuestro proceso emancipador, en un momento en el que países como Irlanda e Inglaterra atravesaban difíciles momentos económicos y las tierras americanas constituían un irresistible atractivo para aprovechar sus riquezas. El enganche se hacía sobre personas crédulas que, en ciertos casos, vinieron de sus países con sus propias esposas e hijos. MacGregor les prometió a 1.608 colonos y militares establecerlos en el istmo del Darién, sobre el cual afirmaba tener derechos por haberse casado uno de sus antepasados con la hija del emperador de los incas, en virtud de lo cual este oficial escocés heredaba el título de inca y también dicha comarca.

Una vez llegados al trópico americano los colonos desearon regresar a sus países de origen. Los pocos que no pudieron retornar fueron expulsados de Santo Domingo y, de acuerdo con sus propios testimonios, obligados a desembarcar en Riohacha a principio de octubre de 1819. Según las autoridades locales, los hombres de MacGregor sometieron a esta ciudad a saqueos que culminaron con su derrota y captura por las tropas realistas el 11 de octubre de dicho año. Los prisioneros eran en su mayoría irlandeses, escoceses e ingleses, pero también se encontraban alemanes, suecos, un portugués, un norteamericano de apellido Fitzgerald y el capitán del buque, que era de Curazao.

El virrey Sámano ordenó desde Cartagena, el 30 de octubre, que todos “los que estuviesen heridos o sanos fuesen pasados por las armas inmediatamente, sin oír recurso alguno ni exceptuar más personas que las mujeres”. El gobernador de Riohacha, José Solís, informó en noviembre que, a pesar de las suplicas de los prisioneros, en esa ciudad y en Valledupar fueron ejecutados 155 prisioneros, algunos de ellos en sus propios calabozos. Otros 60 ya habían muerto en los combates que antecedieron a su captura.

Después de abandonar a sus hombres, MacGregor concibió otros proyectos delirantes, como el Principado de Poyais en la costa de Mosquitos, con el que supo despojar a los ambiciosos prestamistas europeos de la suma de 200.000 libras esterlinas. Este personaje murió en circunstancias penosas en Caracas en 1845. Como las sociedades rememoran de distintas maneras, su nombre aparece honrosamente inscrito en el monumento que esa ciudad erigió en 1950 para recordar a los abnegados héroes de la Independencia. En contraste, en la Riohacha de hoy el apellido MacGregor es solo el nombre de un mal whisky.

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