Por: María Elvira Bonilla

Un mandato inconcluso

EL 26 DE OCTUBRE DE 1997, 10 MILLOnes de colombianos respondieron a la convocatoria del Mandato por la Paz. Votaron masivamente para enfrentar la violencia guerrillera y paramilitar alimentada por el narcotráfico.

La mayor votación de la historia de Colombia. Era un mandato popular que buscaba una solución definitiva a un conflicto que se eternizaba. Un imperativo ciudadano que le dio la legitimidad social al gobierno de Andrés Pastrana, elegido en junio del 98, para iniciar el proceso de paz con las Farc. Una negociación cuyo fracaso cuatro años después le dio el triunfo a Álvaro Uribe Vélez cuando cerca de 6 millones de colombianos votaron para que enfrentara con mano dura a la guerrilla y luego en 2006, repitieron 7,5 millones para que continuara con la tarea. El presidente Uribe así lo hizo, y sin perder un minuto de sus ocho años de gobierno alimentó el espíritu de la guerra y el poder militar. El machismo guerrerista se tomó los espacios de la sociedad y logró silenciar muchas expresiones ciudadanas que apenas empiezan a tomar resuello.

En esa dinámica demoledora de intimidación y unanimismo de estos años, la búsqueda de la paz, propósito superior de cualquier sociedad y por consiguiente de cualquier líder o gobernante serio, quedó reducida a una caricatura banal, tenida como señal de debilidad y complacencia con el enemigo. No sólo la memoria del fallido proceso de paz de Pastrana, sino cualquier formulación política dirigida a buscar una salida negociada al conflicto colombiano, es de inmediato satanizada; “Cuaganizada”. Políticos como Juan Manuel Santos con un rol activo desde la formulación de “la hoja de ruta” producto del proceso colectivo convocado por Naciones Unidas, que fundamentó el Plan de paz de Andrés Pastrana, así como su compañero de fórmula presidencial, Angelino Garzón, quien como gobernador del Valle aceptaba la posibilidad del despeje de Florida y Pradera para lograr la liberación de secuestrados, tienen hoy una posición vergonzante frente al tema, teñida de oportunismo para sintonizarse con las encuestas y el guerrerismo que se tomó el país. La palabra “paz” pareciera estar vedada en el discurso político colombiano.

Ojalá el péndulo conduzca a que en la campaña presidencial que hoy empieza en forma, la guerra y el eslogan repetido de derrotar el terrorismo, no se generalice como único recurso de campaña. Ojalá no haga carrera la propaganda negativa que apela al embrutecedor sentimiento del miedo para obtener réditos políticos, como lo ha hecho el presidente Uribe. Ojalá los candidatos no patinen en baboserías mediáticas y tengan el valor civil de asumir debates cruciales que caminan por el filo de la navaja, referidos a encontrar soluciones de fondo, incluidas las negociaciones, para frenar a los violentos rurales y urbanos. Asumidos sin vergüenza ni tabúes, con audacia, con la urgencia que implica detener la cadena interminable de muerte y de reclutamiento juvenil por grupos armados de guerrilleros y paramilitares emergentes, así como el desangre fiscal armamentista que no permite avanzar. Ojalá la cobardía y el cálculo electoral no se impongan y se acepte con franqueza que cualquier guerra, por más degradada y larga que sea, termina necesariamente en un acuerdo de paz. Por el bien de todos.

 

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