Por: Valentina Coccia

Un manifiesto feminista

Mujeres. Seguramente somos las criaturas más revestidas de mitos y creencias. Somos la alegoría más viva de la tierra: esa tierra que en sus entrañas hace crecer las semillas de los frutos más variados, y a la vez, esa tierra que nos reabsorbe al momento de la muerte, que se nutre de nuestros restos y que oculta en su vientre los confusos vestigios de nuestras cenizas. Somos al tiempo una sinfonía que funde la virginal mansedumbre de María y el horror del mito de Eva en el paraíso terrenal. Nuestros encantos, en la historia de la mitología universal, funcionan como un condenado espejismo, que confunde los sentidos de los hombres encarnando sus más vivos deseos y sus más desgraciados temores. Somos como las sirenas, que conviven con la naturaleza, que a la vez son mujer y animal, que manan de la vida de las aguas pero se nutren de la fuerza de los aires. Son bellísimas criaturas ante los marinos sedientos de sus formas, pero al capturar al hombre y al llevarlo a las profundidades, se convierten en las bestias más desencadenadas y horrendas, más hambrientas y estridentes. Como Cloto, Láquesis y Átropos (las Moiras, las diosas del destino a las que incluso Zeus temía), manejamos el destino de los hombres, que temerosos de nuestros caprichos, han decidido tratarnos como tierra conquistada, violando con sus arados y azadones la versatilidad de nuestro vientre, invitándonos al dominio, al silencio y a la sumisión.

Hace algunas semanas, las mujeres del siglo XXI inventamos otra forma de protestar contra la violencia, el abuso y la opresión del género masculino. Miles de mujeres, bajo el hashtag  #YoTambién, #MoiAussi o #MeToo contaron sus propias historias de abuso, relatando cómo a través de la violencia, de la persecución o del acoso, los hombres intentaron hacer de ellas un terreno conquistado. La verdadera sorpresa de esta manifestación radica en la cantidad de casos que se arraigan en lo más cotidiano y simple, pero también en lo más esporádico y extraordinario. Leyendo las confesiones de las manifestantes, nos podemos dar cuenta de que la violencia tiene distintos niveles. Muchos actos pasan desapercibidos en su sencillez. Otros hechos gritan de manera extraordinaria sin omitir el trance de ser ahogados en los abismales laberintos del silencio.

A pesar de las sorpresas, del dolor, a veces del inevitable desagrado con el que acogemos los relatos de las manifestantes, puedo decir que esta explosión mediática encierra los dos puntos más importantes para que la revolución feminista siga luchando contra la violencia de la tierra conquistada: en primer lugar, la ruptura del silencio, y en segundo lugar la solidaridad, la unión de miles de voces que apoyándose las unas en las otras, forman una única voz dispuesta a entrar con audacia en la aventura de la guerra. Solo después de vivir la misma batalla una y mil veces, hombres y mujeres podrán vivir en paz.

Usualmente, me gusta recomendar alguna lectura o contar alguna historia que refuerce con su gracia uno u otro comportamiento humano. Literatura feminista hay mucha, sin hablar de su teoría, que en El Segundo Sexo de Simone de Beauvoir logra los más bellos alcances. Pero esta vez, me gustaría hablarles de un relato corto, de un manuscrito que hace poco llegó a nuestras manos. Estoy hablando de El hombre semilla de la desconocida autora francesa Violette Alihaud. Ella nace en 1835 y muere en 1925 en Seule-Mort, un pueblo de la Haute Provence, y con su muerte deja una misteriosa herencia. Entre su testamento se halló un sobre, que debía ser entregado a la mujer de su familia que tuviera la mayor edad a principios de la década de 1950. Dentro del sobre se encontró el relato de El hombre semilla, que cuenta cómo en el año 1852, debido a la guerra incipiente, las mujeres del pueblo de Seule-Mort se quedan sin el abrigo y la protección de los hombres. Cuando por fin llega Jean al desolado pueblo, las mujeres encuentran el valor de compartir al mismo hombre para saciar sus deseos, para convertirse en madres y aliviar con su cercanía el desamparo con el que la guerra las dejó. 

El relato, colmado de una sencillez y una belleza extraordinarias, puede leerse como un verdadero manifiesto feminista. En primer lugar, Alihaud rompe con un silencio guardado por décadas: aunque no se ha probado la veracidad de la historia que cuenta, relata los hechos de un verdadero acto de rebeldía que iba a en contra de todos los estándares de comportamiento de la mujer del siglo XIX.

En segunda instancia, lo más hermoso de la historia es la solidaridad con la que las mujeres de Seule-Mort se tratan unas a otras: a pesar de estar todas perdidamente enamoradas de Jean, anteponen las necesidades de la comunidad ante las propias. Alihaud, que se esconde en la tímida voz de una narradora discreta pero sincera, habla así del deseo que Jean le produce: “La noche trascurre así, llena de lluvia, del hambre de nuestros cuerpos, de grandes momentos de ternura, de caricias. Es la vida que penetra la tierra, que penetra mi cuerpo. Descubro el maravilloso utensilio que son sus manos de hombre sobre mí. Aprecio su fuerza y su dulzura, su violencia y su capacidad de amar”. A pesar de dicho éxtasis, tan desconocido para la protagonista, para su cuerpo de niña, la supuesta Violette entrega a su Jean al resto de la comunidad: “Desde esa misma mañana demuestro mi fidelidad a la promesa que había hecho. Me digo a mí misma que debo hacerlo pronto, de lo contrario se desvanecería mi fuerza. Le explico a Jean todo lo que esperamos de él”. Jean acepta inteligentemente la propuesta, y con esta historia, libre del escarnio, libre de la desmoralización de la lujuria, de la desnaturalización del cuerpo de la mujer, Alihaud logra contar cómo el amor de las mujeres por sus semejantes no solo desmitificó por completo las falsas creencias sobre su cuerpo, sino que las unió para lograr un propósito acorde con su verdadera naturaleza, protegiéndolas a su vez de la violencia y del dominio de los hombres sobre el terreno alegórico de Seule-Mort.

Mujeres, las invito a leer este relato que como pocos nos invita a amarnos las unas a las otras, pero más que nada mando mis palabras de aliento para que sigamos luchando limpiamente la guerra que finalmente nos reconciliará con el género masculino, tan embrutecido por su deseo de dominio, pero a la vez tan alegórico de los más profundos deseos de nuestras entrañas.  

@valentinacocci4

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