Por: Juan Manuel Ospina

Un martes especial

No hay duda alguna, el martes 27 de junio de 2017 pasará a la historia del país; lo que no está claro es como será recordado. Ello dependerá fundamentalmente de cómo asumamos los colombianos, en nuestras vidas y conciencias, el hecho fundamental, no trivial o de simple titular de prensa, de que ese día se oficializó, más allá de un acto protocolario, el final del muy largo y negativo, por no decir destructivo, enfrentamiento del Estado con las Farc, que no desembocó en una guerra revolucionaria como quería la guerrilla, pero que fue más que un enfrentamiento armado, como lo han planteado algunos sectores políticos.

El martes las Farc enterraron el hacha de la guerra, señalando con ello su ingreso como organización política a otra lucha, la política desarmada y sujeta a las reglas del juego de nuestra democracia con todas sus limitaciones, y lo hicieron con la aspiración de transformarla. Bienvenidos. La negociación política de la terminación del conflicto armado buscaba eso; para emplear la manida frase, cambiar las balas por los votos como munición política; la estrategia de la intimidación y la imposición, por la del convencimiento y el debate abierto.

Las Farc haciendo alarde de lucidez, de realismo político, dieron el paso el martes; la pregunta en estos momentos es si la sociedad, y en especial su dirigencia política, está interesada y en condiciones de darlo igualmente. Impresiona y preocupa la indiferencia por no decir frialdad de los colombianos frente a lo sucedido el martes. El objetivo de la paz y su laboriosa construcción no puede seguir como hasta ahora, reducido a un asunto de élites de uno y otro bando, tratado en conciliábulos cerrados. El pecado original del proceso de paz es no ser ciudadano y nacional; se desaprovechó el debate del plebiscito, donde más que argumentos, se esgrimieron mentiras de lado y lado, que acabaron por radicalizar emocionalmente a un electorado que de nuevo fue irrespetado y manipulado con fines electorales; luego del No, se entreabrió la discusión, pero fue rápidamente arrasada por la intransigencia de unas cúpulas políticas, que enceguecidas por sus intereses no dejan de irrespetar al ciudadano de a pie; a colombianos que no son ni fascistas ni castrochavistas como pretenden encasillarlos; que solo aspiran a salir de un berenjenal producto de un conflicto destructor y que confían en que finalmente el país se centrará en atender las necesidades materiales, sociales, culturales, políticas, hasta ahora aplazadas como consecuencia del conflicto interminable y estéril en términos de la aplazada transformación del país.

Esa indiferencia, ese alejamiento ciudadano de la tarea de hacer realidad la posibilidad y el sueño de un país decente, incluyente y democrático, es la mayor amenaza que esta enfrenta, dada su naturaleza social, que no puede ser burlada ni sustituida por unos pocos a la pesca de beneficios electorales. De cómo la asumamos hoy los colombianos dependerá cómo nuestros descendientes recordarán el martes 27 de junio.

Sin duda, las Farc desarrollarán su trabajo político centrado en las comunidades y en sus demandas, especialmente las que históricamente les son cercanas, aprovechando la desatanización de la protesta social que trae el nuevo escenario del país; la suya sería una estrategia de consolidarse de abajo hacia arriba. Mientras tanto, de seguir los partidos entretenidos en la guerra del insulto y la descalificación del otro, puede que ganen otra elección, pero perderán el poder en medio de la indiferencia ciudadana que ellos han creado y alimentado. El resultado de esa lucha en curso, dependerá finalmente el sentido que en la historia del país, venga el desarme del pasado martes. 

 

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