Por: Brigitte LG Baptiste

Un millón de especies

La potencial desaparición de un millón de especies vivas de la Tierra fue el mensaje más simple con el que los medios recibieron el documento final de la evaluación del estado de la biodiversidad global elaborado por expertos (centenares) de la Ipbes (plataforma global intergubernamental de biodiversidad, equivalente del IPCC). Si bien es una figura contundente, su importancia radica en el análisis de las causas y consecuencias que la rodean, pues es indispensable entender el contexto histórico de las transformaciones generadas por los seres humanos en el planeta y las trayectorias del cambio, para que quienes estén en capacidad de incidir positivamente en ellas lo hagan.

La evaluación contiene un reporte de varios volúmenes que solo será publicado en inglés en unos pocos meses, pero una síntesis y sus principales hallazgos fueron liberados como resultado de una intensa semana de negociaciones en la sede de la Unesco: no es fácil que los Estados acepten que muchas de sus políticas han sido causantes o están relacionadas con el colapso de la funcionalidad biótica del planeta; sucedió igual con el proceso climático. Una dificultad adicional está representada por la complejidad lingüística del tema, pues la heterogeneidad de narrativas y representaciones sociales de lo que llamamos “naturaleza” está lejos de ser capturada por la plataforma; tal como ocurre con Colombia, donde la multiculturalidad no se traduce en sensibilidad territorial.

Lo más importante de los resultados está contenido en la sección de motores de transformación del planeta, donde se hace evidente que las prácticas productivas y la concepción convencional del “desarrollo” son la clave de la adaptación al cambio global en la medida en que consideren las contribuciones de la biodiversidad al bienestar social. Es decir, solo será viable una agricultura que entienda y considere a fondo los servicios ecosistémicos y se base en un manejo saludable de las dinámicas ambientales, lo cual es evidente que no está sucediendo, de la misma manera que la expansión de la infraestructura o la gestión de bosques y pesquerías. Seguimos atrapados en el paradigma de la extracción de recursos naturales como fundamento de las economías, y no me refiero a minería ni petróleo, sino al extractivismo vital: incluso el turismo tiene el potencial de “succionar” y agotar la belleza escénica de una localidad si no es cuidadosamente pensado. Por ello son muy bienvenidas las noticias del compromiso de cero deforestación en proyectos comunitarios en la Macarena en acuerdo con Parques Nacionales (@EcoAmem).

Ipbes, que será presidida por la colombiana Ana María Hernández hasta 2022, es la plataforma más importante para contribuir y discutir la agenda pos-2020 del Convenio sobre Biodiversidad, y nuestro país mantiene un liderazgo global indispensable por nuestra responsabilidad, que claramente no está siendo asumida por otras grandes potencias. Tal vez para algunos (indiferentemente de izquierda o derecha) aún estamos a tiempo de exprimir un poco más la riqueza biológica de la Tierra, pero Colombia no puede permitirse ese riesgo: nuestra economía y bienestar social dependerán completamente de la funcionalidad de nuestros ecosistemas para mantenernos como una sociedad viable.

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2019-05-16T00:00:55-05:00

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