Por: Aldo Civico

Un movimiento por la democracia para vencer a la corrupción

La captura del congresista Bernardo el Ñoño Elías evidencia que la corrupción en Colombia no es un problema que se limita a solo unas manzanas podridas.

Las crónicas judiciales confirman que la corrupción es la expresión de una realidad en donde no hay ni ética ni sentido del límite, y donde el dinero es lo único que vale, incluso más que la libertad y la vida.

Dado que la corrupción ya no interesa solamente a unos cuantos individuos, sino que es la expresión de una práctica cultural extendida y aceptada, es necesario hacer un análisis riguroso e implacable del fenómeno. En otras palabras, hay que reconocer que, siendo un sistema, la corrupción genera una realidad transversal donde se encuentran y se dan la mano el sistema político y el crimen organizado, los mafiosos y los políticos corruptos. De hecho, la corrupción es el entorno propicio donde los intereses mafiosos se extienden.

El caso del congresista cordobés lo demuestra. De hecho, el Ñoño Elías fue capturado porque otro excongresista cordobés, Otto Bula, confesó que le entregó al menos $480 millones para que el Senado aprobara la adjudicación sin licitación a Odebrecht del tramo Ocaña-Gamarra. Cabe mencionar que, en una investigación de la Unidad de Extinción de Dominio de la Fiscalía General, Otto Bula quedó relacionado con la Oficina de Envigado; de acuerdo a unos diarios del mafioso Pichi Calvo, asesinado en Medellín en el 2014, la Oficina le debía dinero a Otto Bula. Cabe también mencionar que Otto Bula fue socio político de Mario Uribe, primo del expresidente y condenado por parapolítica, quien fue suplente de Álvaro Uribe en el Congreso entre 1998 y 2002, y también entre 2002 y 2006. Otto Bula parece ser la personificación del entrelazamiento entre mafia y política.

En otras palabras, el entrelazamiento entre política y criminalidad mafiosa, vinculado al sistema de adjudicación de las obras públicas, y la definitiva transformación de los derechos en privilegios, impregna a todos los sectores de la vida nacional.

Pero, al mismo tiempo, está avanzando en Colombia la sociedad civil; una red de ciudadanos, organizaciones, asociaciones culturales y movimientos ciudadanos que están poniendo en el centro de su reflexión y de su compromiso el valor de las personas y sus derechos, y que han adquirido la conciencia de la necesidad de una reforma de la política y de las reglas. El entusiasmo y las iniciativas que ha despertado la consulta anticorrupción promovida por la senadora Claudia López son un ejemplo alentador y un buen síntoma.

Las exigencias y esperanzas expresadas en la consulta anticorrupción tienen que encontrar en los próximos meses una representación adecuada en las elecciones del próximo año, alrededor de un programa que ponga en el centro los problemas reales de Colombia. Por eso, la esperanza es que pueda tomar fuerza en Colombia, como pasó en Italia al comienzo de los años 90, un movimiento por la democracia que promueva y proporcione la participación de ciudadanos que comparten historias y caminos diferentes, pero que se unen para dar vida a un proyecto compartido de transformación.

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