Por: Juan David Ochoa

Un muerto romántico

Hace 50 años, en la perdida localidad de La Higuera y entre los desiertos y la selva de una historia hirviente y una coyuntura espectacular de hitos y polvorines continentales, cayó Ernesto Guevara de la Serna, el Che, junto a los pocos hombres que le quedaban arañados por la desolación, el hambre y la desesperanza. Al mando de una operación conjunta entre la CIA y el ejército boliviano, terminó la cacería de uno de los nombres paradigmáticos de una revolución que empezaba a amenazar el sistema y el equilibrio de una tradición política con los auspicios de la madrina soviética.

El contexto seguía tensionante en las antípodas del mundo aunque  La URSS ya terminaba de  retirar los misiles de Cuba, y los Estados Unidos respiraran por una Guerra Fría apaciguada. Pero los países del cono sur empezaban a alimentarse de ese rumor y fuego que llegaban desde La Habana respaldando los nichos clandestinos del comunismo que sentían en el ascenso de Fidel y de su escuadra de barbudos románticos, sobre el primer atril revolucionario del hemisferio, un aliento a la más esquiva de sus utopías. El Che fue fusilado y exhibido como un positivo estelar de la cacería internacional, y fue el cristo abatido y tendido en una pila de mártir para sus dolientes, los espectadores rasos del continente que veían en el muerto al médico que abandonó su título por los viajes y la aventura; al militante que entró, años después de conversaciones y campañas medicinales en la selva, victorioso sobre las calles de La Habana en los jeeps de la gloria; al presidente del banco nacional y al ministro de Industria trasformado en una piltrafa humana por la gravedad y el precio de sus decisiones; al retrato que eternizó Korda para el imaginario del idealismo progresivo; al contertulio de Jean Paul Sartre y de Simone de Beauvoir; al íntimo amigo de Fidel, quien seguiría iluminado por el resplandor de su leyenda sobre la otra leyenda y el otro resplandor de su muerte.

Lo que vendría después sería el misterio de las posibilidades de su vida si no hubiera sido fusilada por la misma trampa de su extremo idealismo. Su mito y su leyenda radican justamente allí, en esa imagen de muerto tendido de brazos, con los ojos abiertos, en un rincón del mundo y lejos del espectáculo político al que renunció por otras victorias que nunca fueron. Por su despedida a la Cuba de los laureles y su decisión de ser un incógnito en las selvas del Congo guerreando con los tentáculos de la CIA que tres años después lo alcanzarían; por su decepción continua y sus siguientes rutas de campañas sustentadas en pequeños pelotones inexpertos pero altivos y todavía insuflados por los ruidos del orgullo contra el viejo Batista.

Su vida fue la de un errante siempre insatisfecho.  Sus teorías eran más férreas aún que las mismas teorías de los soviéticos a quienes consideraba al final traicioneros de la idea más pura del socialismo por un “pragmatismo inconsistente” que le devolvía los antiguos valores capitalistas a una revolución que se suponía fracturada de su viejo fantasma.

En La Higuera terminó su errancia. Desde esa escuela en que durmió una noche antes de morir, tal vez imaginó las otras versiones de su futuro; las mismas versiones imposibles que hicieron de su nombre un mártir explotado en todos los recursos del comercio como la imagen de un romántico elevado por su propio sacrificio. La Historia quedaría para siempre con esa leve sensación de imaginarlo como un futuro tirano o un teórico experimentado en la rebelión de los espíritus contra sí mismos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Ochoa

Tácticas de embuste

Un fantasma inútil

La tormenta

Frivolidad y poder

La Gran Guerra