Por: Carlos Granés

Un mundo sin poder

Desde que fue director de la revista Foreign Policy, Moisés Naím centró sus esfuerzos intelectuales en descifrar los cambios globales que habían ocurrido en la década de los noventa.

Durante aquellos años hubo un sorprendente desarrollo tecnológico que conectó al mundo. Los mecanismos financieros vulneraron las fronteras nacionales, se transmitió una guerra en directo, la prensa se embelesó con escándalos sexuales, la música underground se volvió mainstream, la telerrealidad de Jerry Springer acaparó audiencias y un aura de optimismo hizo creer, como decía Fukuyama, que el final de la Unión Soviética no sólo era el fin del comunismo, sino el de la Historia, y que de ahora en adelante podíamos soñar con tiempos pacíficos y prósperos bajo el signo de la democracia y el libre mercado. Pero todos estos fenómenos visibles y espectaculares encubrían otro más sombrío que despertó la curiosidad de Naím: la paradójica forma en que los traficantes de mercancías ilegales habían sido los primeros en impulsar la globalización, aprovechando para ello todas las tecnologías que empezaban a empequeñecer el mundo.

Los noventa demostraron que las fuerzas del mercado eran más poderosas que las fuerzas de los gobiernos. Allí donde alguien quisiera algo, desde material nuclear a esclavas sexuales, una red ilegal se encargaría de satisfacer su demanda. Cuando millones de personas viajaban por el mundo, cuando las transacciones financieras se universalizaban y cuando millones de contenedores atracaban en puertos de los cinco continentes, la vorágine comercial facilitaba colar cualquier mercancía prohibida. La globalización legal servía de tapadera a la ilegal. El resultado fue la erosión del poder de los gobiernos y la aparición de pequeños agujeros negros, sin ley, que infiltraban los puntos donde imperaba la civilidad moderna. Ya no se daría, como vaticinó Samuel P. Huntington, un choque de civilizaciones (latinoamericanos contra anglosajones o musulmanes contra hindúes), sino entre estos dos polos: la sociedad democrática y las zonas controladas por redes ilícitas y grupos terroristas.

Ni final de la historia ni choque de civilizaciones. Lo que Naím diagnostica en sus dos últimos libros es el efecto que trae la irrupción de estos nuevos actores, legales e ilegales, que han aprovechado la globalización para ganar visibilidad en la política, la industria y los demás ámbitos sociales. En un mundo donde hay más de todo y donde las tecnologías permiten poner en primer plano cualquier cosa, desde compañías hasta partidos políticos, se dificulta la concentración del poder y se hace más fácil que pase de mano en mano. Este escenario de inestabilidad, donde los estados son derrotados por las redes ilícitas y tanto las grandes compañías como los grandes partidos pueden dejar de serlo en un abrir y cerrar de ojos, supone nuevos desafíos. Además de la ejecución de políticas ambiciosas y de largo aliento, enfrentar las bandas terroristas apátridas y escurridizas. Durante los últimos 20 años, dice Naím, todo ha cambiado, menos la forma en que nos gobernamos. Ahí está el reto: en inventar nuevas formas de tutelarnos, menos rígidas y burocráticas, que respondan a la nueva y fluida realidad global.

 

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